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Cómo Gabriela Hearst hizo del campo uruguayo su ventaja en el lujo global, apostando por la calidad, el largo plazo y el crecimiento a su manera.
07 07, 2026
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Nota: Gabriela Malvasio
Fotografía: Rafael Lejtreger

“Nadie puede hacer el trabajo que hago yo o el de otros emprendedores si no le gustan los problemas. Te tiene que gustar resolver problemas.»

La marca iba a llamarse Gabriela Perezutti. Tenía mucho a favor: sonaba italiano, era el apellido de su padre y la asociaba a un linaje que admira, el de diseñadoras pioneras como Elsa Schiaparelli.

Una frase de Glenda Bailey, la editora de Harper’s Bazaar, cambió todo: «Divino pero impronunciable; ponele Gabriela Hearst.» Y aun así, la gente lo escribe mal; «imaginate si hubiera sido Perezutti». ríe Gabriela Hearst durante una entrevista online con CORPO pocos días antes de presentar en Montevideo los trajes de la selección uruguaya de fútbol.

Lo primero que le pregunté: cuánto pesa el apellido de su esposo Austin Hearst, integrante de una poderosa familia de los medios de comunicación de EEUU. Supo desde el principio que habría quienes lo leerían como un atajo, por ser la mujer de, y que la única respuesta era el trabajo: «el producto tenía que hablar por sí mismo; que no importe cómo se llame.» Y eso, asegura, fue lo que pasó. Agrega que hoy se conoce más a Bezos, a Zuckerberg; que Hearst pesa más para cierta generación. ¿Y no son justamente esas tus clientas, mujeres más grandes, con poder adquisitivo?, le consulto.

Sí, pero hay otra cosa: también va a las hijas. Porque lo que la mueve es que las cosas duren. Que una hija herede el saco de cachemira de la madre. «Estoy tratando de construir algo que me sobreviva», sentencia.

En esa idea está la niña que se crió en Paysandú como la séptima generación de una familia agropecuaria -la que repite que «you can take the girl out of the country, but not the country out of the girl»-. La que estudió en el British y en la ORT; la que a los 17 se fue tras un sueño a Australia; la que se instaló en Nueva York; la que levantó su primera marca, Candela, con US$ 700; la que después construyó la marca global que lleva su nombre; la que produjo el primer desfile de moda con huella de carbono neutra; la primera latinoamericana al frente de una casa de moda parisina; la que ganó el premio a la diseñadora estadounidense del año; la que vistió a Jill Biden para la asunción de 2021; a Angelina Jolie, Laura Dern, Jodie Foster o Maria Sharapova. La que el Financial Times ubicó entre las 25 mujeres más influyentes de 2021; la que recibió inversión de LVMH; la que TIME premió por su trabajo climático y National Geographic incluyó entre sus agentes de cambio del planeta; la que prometió US$ 600.000 durante una hambruna en Kenia y los recaudó en dos días; la que sigue manejando las 7.000 hectáreas del campo familiar; la que diseñó los trajes de la Celeste para este Mundial y los mostró, emocionada, en el Centenario.

Se define emprendedora sin dudar -«soy súper emprendedora»- y lo ancla en su origen: «los valores del negocio rural son los que pongo en la moda.» La fórmula es campo uruguayo más Nueva York. Dos mundos con algo en común: «tenés que tener garra en los dos lados, para aguantar y para resolver.»

«La gente cree que más grande es mejor. Yo voy a la calidad y no a la cantidad.»

Gabriela Hearst
Fotografía: Rafael Lejtreger
Fotografía: Rafael Lejtreger

PAYSANDÚ

Al alba, mate y silencio. A las cuatro de la mañana su padre y Sebastián, el capataz, formado por su padre desde los 18 años— preparaban y tomaban mate sin decir una palabra. «Una vida de monje», le describe a la chef Ruth Rogers en un divino episodio de la Mesa de Ruthie. Le habla de cómo pasaba horas sin televisión; de cómo mirar el horizonte sin un solo obstáculo, le dejó una forma de ver las cosas.

Su abuelo llevaba un cuadernito con todo anotado: el azúcar, la harina, hasta las galletas de campaña. Todo contado. Y también escribía todo lo que iba pasando. ¿Y ella también escribe? “Te lo voy a mostrar”, dice. “Estos son mis diarios, los que llevo a todos lados. Escribo todo lo que hago. Y de estos tengo 14, 15. Tengo mis agendas grandes como esta para cada temporada donde hago todos los dibujos, figuras, y todas las cosas que me inspiran. Siempre tuve la necesidad de documentar lo que estaba haciendo”.

Del campo sacó, además, una regla que después haría carrera. Cuando galopaban, les enseñaban a ir despacio entre las piedras. Esa frase de jinetes terminaría siendo, años después, una de sus tesis de negocios.

Incorporó mucho de la forma de pensar de su padre. De él aprendió por ejemplo a no postergar. «Se rompía algo y lo arreglaba inmediatamente. Esa mentalidad creo que la mamé.» Vio a su padre trabajar tan duro como cualquier peón, y le escuchó un consejo que la guía: «el que se calienta pierde. Si te calentás no pensás claro… las mejores ideas te vienen cuando estás calma.» Cuando ella se quejaba de tener demasiado por hacer, él contestaba sin dramatismo: «hacé lo que puedas por día y después hacé las otras cosas.»

En su madre vio la fortaleza. Una de sus primeras imágenes, es la de su madre tirada por un caballo: con la boca sangrando, levantándose, y caminando hacia su hija como si no hubiera pasado nada. Compitió en rodeo desde los 18, a sus 30 obtuvo el cinturón negro de Taekwondo. Se hizo budista.

Opina que Uruguay te acostumbra a resolver, entre sequías y aftosa, entre que “se cae Argentina y se cae Brasil, siempre remando».

Fotografía: Rafael Lejtreger

NUEVA YORK Y PARÍS

“Hoy la privacidad es un lujo”

Gabriela Hearst

«Odio la palabra networking. Me da tipo arcadas. A veces te quieren imprimir fotos con los nombres de la gente y de lo que hacen. Nunca las quiero ver. Porque si yo no vibro con vos, no quiero hablar, no me importa quién seas.» Asegura que es “muy tímida”, a no ser que algo despierte su interés. Pone como ejemplo la vez que se sentó en una cena junto al rey Carlos de Gran Bretaña. «Lo atomicé a preguntas sobre el medio ambiente».

Se mueve en el mundo de Hollywood. Cuando le preguntan «¿qué tal es esta estrella?, ¿qué pasa con tal otra?» es contundente: «Yo soy la costurera.» Explica que viste a personas que usan sus plataformas para ayudar a otros. Lo contrario le resulta hueco: «tener poder y acceso para solo beneficiarte a ti mismo me parece la cosa más aburrida del mundo».

Todo esto le contó a CORPO desde su estudio en Nueva York. Allí, donde hace 11 años nació su marca homónima, con el objetivo de crear piezas hechas para durar. Construir lujo con conciencia, o como ella lo define “lujo honesto”. Tiene locales en Nueva York, Londres y Los Ángeles, además de vender en multimarcas como Bergdorf Goodman.

Varias veces le ofrecieron crecer más rápido. Dijo siempre que no, porque busca construir de manera sólida: «Me interesa más (un negocio) que produzca cash, que sea eficaz, que sea sano y sólido, a que sea una cosa enorme.»

Subraya que prefiere “que las cosas funcionen bien, prolijas, claras, transparentes. Ningún engaño, poder dormir tranquila, saber que hiciste las cosas bien por tus hijos, por los hijos de los demás. No es por marketing ni para que nadie me quiera más, es solo la manera que uno se tiene que comportar.»

Un buen ejemplo es el de la cartera Nina. La pensó en principio para ella y para regalar a mujeres que admiraba. Un día, en el ascensor del Claridge’s de Londres, un hombre se interesó en cómo se abría el bolso. Ella le explicó que era un prototipo. El hombre le pidió uno para su mujer y le dejó su tarjeta: era Jony Ive, el jefe de diseño de Apple. Lo tomó como una señal.

El éxito de las Nina fue tal que le ofrecieron venderlas al por mayor. Su razonamiento: hubiera significado duplicar los recursos naturales para ganar lo mismo. Hizo al revés: puso las carteras al fondo de sus locales, para obligar al cliente a caminar hasta llegar a ella.

Lleva ese nombre en honor a la cantante Nina Simone, a quien descubrió al llegar a Nueva York. Simone fue, en sus palabras, una madre musical.

En un mundo de unicornios y valoraciones siderales, Hearst desconfía de lo que crece demasiado rápido, porque al igual que pasa en la naturaleza, «cuando algo sale muy rápido, no dura».

Lo especial la mueve. «Me encanta, por ejemplo, que me traigan estos chocolates de Alemania, me los trajo una amiga. Está buenísimo conseguir cosas que no podes comprar online o no están en todos lados. Mi sueño es que Gabriela Hearst sea algo tan especial para alguien, que diga ‘mirá lo que te traje de Nueva York’.»

En enero de 2019, LVMH -el mayor grupo de lujo del mundo, dueño de Louis Vuitton, Dior y Givenchy- tomó una participación minoritaria en su marca a través de su fondo Luxury Ventures, que entra solo en marcas «emergentes pero ya icónicas». Se trata de socios minoritarios que le dan estructura sin sacarle el timón: «Tener acceso a la estructura más grande de nuestra industria y a la misma vez la independencia… son los socios ideales.»

Dirigir Chloé entre 2020 y 2023 fue «como hacer un PhD en 3 años»: dar vuelta “una casa enorme que estaba para darse vuelta”. Ahí probó a gran escala su tesis: subir la facturación bajando la huella de carbono.
Lo explica con una pirámide que dibuja con sus manos en el aire: arriba, el producto artesanal, pocas unidades, todo a mano; en el medio, la sastrería; y abajo, «los volume drivers, de diez mil unidades para arriba – los championes, como decimos en Uruguay, los jeans”. La conclusión: el cambio hay que hacerlo en la base, con mejores materiales, que consuman menos agua, menos carbono”. Atacando ahí, «logramos subir el revenue y bajar la huella de carbono.» En dos años la facturación de Chloé subió un 60%, con el calzado Nama, el denim reciclado y las totes de lino como motores, según WWD.

Su lógica de campo detesta el desperdicio y el desorden. «Nadie necesita 35 tipos de dorado. Eso ya es desprolijo», dice acerca de una de las modificaciones en Chloé. Bajo su dirección, fue la primera gran casa de lujo en certificar como B Corp.

No suele leer las críticas sobre sus desfiles.»Trato de evitarlas, pero cuando las leo, las hago eficientes”, dice. Como pasó con su primer desfile tras dejar Chloé, inspirado en Leonora Carrington. Nicole Phelps, de Vogue, escribió que a las prendas le faltaban el caos y la locura de la pintora surrealista. Cerró la reseña con desafío: “I wish you would let it rip” (algo así como Ojalá te soltaras las riendas / dejaras que se desgarre).
Hearst le dio una vuelta tomándolo como una instrucción de taller: ¿Y si realmente la tela se «desgarrara»? Para la siguiente temporada, Hearst bautizó su técnica de confección más compleja y poética con las palabras de la crítica: «Let It Rip».

Pintó una acuarela geométrica con los colores del amanecer, a la que bautizó Aurora. Envió el diseño al estudio Marasim en India, donde artesanos pintaron a mano alzada cada una de las hebras de lino puro. Unieron los hilos dejando «escaleras» vacías y deshilachados intencionales. Esos paneles de lino viajaron a Italia, donde los ensamblaron en un vestido largo y fluido. Se trata del Niki Patchwork Dress, que luce Andy Sachs (Anne Hathaway) en El diablo viste a la moda 2.

«Tuve oportunidades importantes de crecer de una manera muchísimo más rápida y dije que no”

Gabriela Hearst
Fotografía: Rafael Lejtreger

MONTEVIDEO

«Tengo el corazón explotado de orgullo. Es todo lo que amo: Uruguay, la lana, la selección, y mi trabajo, que es el diseño.» A principios de junio, Gabriela Hearst presentaba así los trajes de la Celeste en el Centenario, flanqueada por Ignacio Alonso, presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol, Victoria Díaz, directora ejecutiva de la AUF y Rafael Normey, presidente de la Federación Rural.

Dior viste a Francia, Uniqlo a Japón. explica. «Me gustaba la idea de que Uruguay tuviera su diseñadora también». Definió toda la experiencia como conmovedora: «Tenemos grandes valores como sociedad uruguaya que deben ser difundidos, porque este nivel de integridad y compromiso es muy difícil de encontrar en el mundo.»

Al otro día, temprano, el equipo de CORPO la esperaba en una casa muy especial de Montevideo: la de Mauricio Cravotto, uno de los arquitectos uruguayos más importantes del siglo XX y uno de los padres del urbanismo en Uruguay. Esta vivienda-estudio de la década del 30 parece congelada en el tiempo, ya que conserva los muebles que el propio Cravotto diseñó, su estudio intacto con cientos de planos, sus libros y más de 1000 fotos de la construcción del Palacio Municipal, una de sus obras emblemáticas.

Gabriela Hearst la recorrió fascinada —wow, wow, wow exclamaba a cada paso, desde el perchero realizado en distintos tipos de mármol, hasta los detalles en los bajorrelieves.

Cuando el Financial Times la puso entre las mujeres más influyentes del 2021, dejó una frase: nadie hace nada solo. Prueba de ello son dos figuras que la acompañaron tanto en la presentación del estadio como en la sesión de fotos. Por un lado, su mano derecha, la francesa Stephanie de Lavalette -cofundadora, que viene del mundo de las finanzas-, quien la bautizó «el oráculo de Paysandú» porque adelanta tendencias sobre sustentabilidad y lujo.

Por otro, Danilo Astori Sueiro, el productor musical, amigo personal de Gabriela, a quien pidió ayuda porque no estaba satisfecha con la música de sus desfiles. Astori convocó a Juan Campodónico, y juntos se encargan de la dirección musical, incluso componiendo música original.
Si un uruguayo la reconoce en París, Londres o Nueva York, la detiene para saludarla. En las últimas semanas, cualquiera que vaya a un cine montevideano, es probable que vea espectadores fotografiando el momento en que Anne Hathaway, luce su vestido, o incluso escuche un “ah, dijo Gabriela Hearst?” cuando la nombran en la película.

Asegura que el reconocimiento no se le sube a la cabeza. Lo agradece «con muchísima humildad» y sigue con lo único que hace: trabajar, estar con su familia y viajar. Lo que sí le gustaría es que signifique que los uruguayos «podamos sentirnos orgullosos de lo que somos».

Después de recorrer el mundo, asegura que mira al país «con objetividad intelectual»: «Todavía tenemos un contacto familiar muy importante, una cultura muy fuerte. Comemos muy rico. Tenemos algo muy bueno, un país que piensa para adelante». Pero también ve que es caro, importador, casi sin industria, proveedor de materias primas. Igual entiende que pesa más lo ventajoso.

Mientras en Nueva York todos discuten a dónde escapar el día que explote el mundo, ella ya tiene su respuesta: «Yo lo único que tengo que hacer es llegar a Uruguay.»

Fotografía: Rafael Lejtreger

BIEN CERCA DEL CORAZÓN

En cada traje de la selección para el Mundial 2026 hay algo que no se ve. Del lado de adentro del forro del saco va el escudo nacional en jacquard de seda; bordado a mano junto al nombre de cada jugador. Cerca del corazón. «Queríamos que tuvieran la fuerza adentro. Eso es muy de Uruguay.» Resume la idea del lujo: lo más importante es lo que no se muestra.

Para confeccionarlos usó una lana merino que había quedado del Mundial anterior. «Trabajemos con lo que hay», resolvió. Es «la lana divina del norte», fibra de alto rendimiento: regula la temperatura, es más liviana y suave de lo que se cree. Las remeras que les hizo a los jugadores son de micro-merino, pensadas para el calor del Mundial.
La confección fue artesanal y exprés: un fitting de dos días en Londres con sastres italianos. Completó con su zapatilla sustentable Ohio. Un dato: donó el trabajo.

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