El humo de un habano no se traga, se paladea. No se enciende entre una reunión y otra, ni en la puerta de un edificio. Pide otra disposición: sentarse, elegir, cortar, encender, esperar. Demanda tiempo y tranquilidad.
«Se tiene que fumar por placer, no por ansiedad», señala Richard «Nino» Ausán, de Vinos del Mundo.
Se disfruta en la sobremesa. Se potencia con maridajes que forman parte del mismo lenguaje: ron, whisky, oporto, café. No es un consumo diario. El fumador de habano elige el formato según el tiempo que tiene: «Tenés habanos o puros que son de 20 o 25 minutos, y tenés otros que te pueden llevar dos horas fumando.» Conocer ese tiempo, y la fortaleza —suave, media o fuerte—, es parte del rito.

Como sommelier de habanos, Ausán es una especie de traductor de este mundo fascinante. Señala que importan la intensidad, el corte, el encendido, la conservación, pero también el saber cuándo tiene sentido fumarlo. El consumidor que entra en esta categoría busca un tipo de disfrute que linda con el ritual. En Uruguay, dice Ausán, hay demanda, poder adquisitivo y curiosidad, pero faltan suficientes espacios donde compartir ese ritual: «Es un micronicho de consumidores de habanos y de puros que cada vez va creciendo más, pero que les cuesta conectarse un poco entre ellos.» A diferencia de Buenos Aires o de algunas ciudades de Brasil, donde existen espacios pensados para fumar habanos, en Uruguay la ley antitabaco impide hacerlo en ambientes cerrados.
Restaurantes y bodegas con espacios abiertos empiezan a ocupar ese vacío. Hugo Soca ya incorporó una mini carta, por ejemplo..
El sommelier que ordena
En ese universo de códigos, un sommelier no solo recomienda una marca o elige un maridaje:.vuelve legible una categoría. «La función es comunicar sobre todo. Dar a conocer lo que es el producto», resume Ausán.
Ausán explica intensidades, tamaños, tiempos de fumada, formas de corte, conservación y combinaciones posibles. Pero, sobre todo, ayuda a transformar una compra ocasional en una experiencia con criterio. Para que una categoría de lujo crezca necesita relato, servicio y comunidad.

«Es un producto valioso, costoso, por supuesto, porque es un producto elaborado totalmente a mano.»
Un habano, explica Ausán, es «todo tripa larga, que quiere decir que son todas hojas enteras». Por fuera está la capa, la hoja que lo viste: un tabaco cultivado bajo techo, tapado, que tiene que tener cierta elasticidad. Debajo, el capote envuelve la tripa. Y la tripa misma se arma con tres hojas, cada una con una función: una para la combustión, otra para el aroma, otra para el sabor.
Se planta la hoja, se fermenta, no se le agregan químicos. Es la diferencia de fondo con el cigarrillo, y la que explica que el placer pase por los aromas y los sabores.
Por eso, lo primero que se le enseña a un principiante es que «el humo no se traga, porque si vos tragas el humo, te marea», dice Ausán. Se recomienda arrancar por fortalezas suaves y formatos cortos. Aprender el corte -cada formato pide su cortador- para no romper la capa. Y encender con un torch, un soplete de gas inerte: nada de encendedores a combustible ni fósforos, que transmiten aromas que no van. Las caladas, lentas y espaciadas, para que el habano no se queme desparejo ni queme el paladar.

Cuidarlo como a un vino
El lujo también está en la conservación. «Así como un vino hay que cuidarlo», dice Ausán: el habano vive a 16 o 17 grados y entre 65% y 72% de humedad. De ahí el humidor, que sostiene esas condiciones para que no se seque ni pierda aromas. No es un detalle: es lo que separa un buen habano de uno arruinado.
Y está el problema del origen. «Hay muchas falsificaciones. Nosotros, en el caso de Vinos del Mundo, le compramos específicamente al importador de habanos», cuenta. Un falso suele estar hecho con picadillo de hoja -no tiene la misma combustión ni el mismo sabor-.
El precio acompaña esa lógica. Hay líneas de entrada de buena relación. Ausán menciona la Cusano de Davidoff, que arranca cerca de los $ 700 y referencias que trepan a los $ 2.000 o $ 3.000. Si se quiere disfrutar de un cohíba -una de las marcas insignia- por semana, serían entre $ 10.000 y $ 12.000 por mes.
El micronicho crece, y hasta el perfil se ensancha: «Cada vez hay más fumadoras mujeres que les gustan los puros y los habanos,» comenta Ausán.






