CORPO / Inversiones & Negocios / Más allá del centro
El auge de las nuevas centralidades urbanas.
08 07, 2026
Compartir esta columna
Cala del Yacht, Canelones.

Por Estudio Gómez Platero

Durante décadas, gran parte de las ciudades latinoamericanas crecieron bajo una lógica relativamente simple: concentrar actividades, servicios, empleo y equipamientos en un centro dominante. Sin embargo, los cambios en la forma de vivir, trabajar y relacionarse con el entorno están impulsando una transformación profunda en ese modelo.

Hoy, ante nuevas demandas y estilos de vida que priorizan la proximidad, el desafío no pasa únicamente por generar nuevas centralidades, sino también por conectarlas mejor con el tejido urbano.

Los nuevos polos urbanos no deberían entenderse como enclaves aislados ni como operaciones que compiten con lo tradicional, sino como nodos capaces de fortalecer una red urbana más equilibrada. Su valor está en redistribuir oportunidades, pero también en “coser ciudad”: vincular áreas consolidadas con sectores en transformación, mejorar la movilidad, sumar espacio público y generar nuevas condiciones de permanencia.

El desafío ya no pasa únicamente por construir más ciudad, sino por construir mejores condiciones para habitarla.

En Uruguay, la discusión sobre nuevas centralidades no se limita a dónde construir, sino a cómo generar valor urbano de manera sostenible. El desarrollo requiere una ecuación capaz de alinear tres dimensiones: el impacto positivo sobre el entorno, la mejora en la calidad de vida de las personas y la viabilidad de quienes invierten.

Aventura Shopping, por ejemplo, permite leer esa lógica desde un caso concreto en el que se transforma una infraestructura existente en un nuevo punto de encuentro, actividad y permanencia para la ciudad. Algo similar ocurre con los desarrollos en torno al Lago Calcagno, donde la vivienda vertical aparece como una herramienta para liberar suelo, generar espacio público, consolidar una nueva centralidad, y construir una relación más equilibrada entre ciudad y paisaje.

Una red de centralidades conectadas

Montevideo tiene por delante una oportunidad estratégica: la de convertirse en una ciudad mejor distribuida, más conectada y más inteligente en la forma en que crece.

Durante mucho tiempo, buena parte de la actividad urbana se concentró en pocos puntos del territorio. Hoy vemos que el desafío pasa por acercar oportunidades, servicios, empleo, vivienda y espacios públicos a distintas zonas. Una ciudad más equitativa es también aquella donde acceder a lo básico no depende de trasladarse grandes distancias.

En esa transformación aparecen tres dimensiones fundamentales: espacio público de calidad, vivienda integrada a la ciudad y usos mixtos capaces de sostener actividad durante todo el día y durante toda la semana.

El espacio público cumple un rol central. No es únicamente una plaza, un parque o un área verde: es una infraestructura social. Allí se construyen comunidad, identidad y pertenencia. Pero para que ese espacio funcione, necesita diseño, gestión y gobernanza. No alcanza con generarlo; también es necesario mantenerlo activo, cuidado y apropiado por la comunidad.

La vivienda, por su parte, también debe dejar de pensarse como un producto aislado. Está profundamente conectada con la movilidad, el empleo, los servicios, el espacio público y el acceso a oportunidades: Cuando se entiende esa relación, la ciudad deja de leerse como una suma de proyectos y empieza a pensarse como un sistema. En ese sentido, la vivienda vertical bien planificada puede cumplir un papel clave. Lejos de ser una amenaza para la ciudad, puede convertirse en una herramienta para protegerla: permite liberar suelo, optimizar infraestructura existente, reducir desplazamientos y generar mejores espacios colectivos.


Garantizar la proximidad a servicios y oportunidades es una de las bases de una ciudad más equitativa.


Smarter Cities

La sostenibilidad urbana también está cambiando de enfoque. Ya no se trata solamente de biomateriales o tecnología, sino de reutilizar infraestructuras existentes, reconvertir espacios subutilizados y aprovechar mejor lo que la ciudad ya tiene.

Esta mirada se vincula con el concepto de Smarter Cities. Una ciudad inteligente no es necesariamente la que incorpora más sensores, pantallas o tecnología, sino aquella que fue bien planificada: la que mantiene vigencia, funcionalidad y capacidad de adaptación en el tiempo; la que sostiene un crecimiento ordenado, usa mejor sus recursos y genera valor urbano, social y económico.


Una ciudad inteligente no se define por sumar tecnología, sino por estar bien planificada: mantener vigencia, adaptarse en el tiempo, usar mejor sus recursos y generar valor urbano.


La verdadera inteligencia urbana está en diseñar con flexibilidad. Hoy se planifica para un futuro que no puede anticiparse del todo. Cambian las formas de trabajar, habitar, moverse, consumir y relacionarse con la ciudad. Por eso, la resiliencia urbana depende cada vez más de crear estructuras, barrios y centralidades capaces de adaptarse, reconvertirse y seguir teniendo vigencia aun cuando cambien los usos, las demandas o los modos de vida.

Los nuevos polos urbanos pueden ser claves en ese proceso porque ayudan a distribuir oportunidades: acercan servicios, empleo, entretenimiento, vivienda y espacios de encuentro a distintos puntos de la ciudad; descomprimen los centros tradicionales y fortalecen una estructura urbana más policéntrica.


Al mismo tiempo, representan una oportunidad para desarrollar proyectos más resilientes desde el punto de vista económico. La combinación de usos, la cercanía a servicios y la capacidad de generar vida urbana tienden a fortalecer la demanda, diversificar fuentes de actividad y construir entornos con mayor capacidad de adaptación frente a los cambios del mercado.

ARTÍCULOS RELACIONADOS