CORPO / Inversiones & Negocios / La soledad del CEO
08 07, 2026
Compartir esta columna

La reunión estaba llegando a su fin. Se había compartido una decisión estratégica y antes de cerrar, el CEO hizo una última pregunta: ¿Alguien ve algún riesgo que no hayamos considerado?

Hubo unos segundos de silencio. Algunos asintieron. Otros tomaron nota. Nadie planteó objeciones y por lo tanto la decisión avanzó.

Semanas después aparecieron dudas sobre los plazos, cuestionamientos a algunos supuestos y preocupaciones operativas que nunca habían surgido durante aquella reunión. Sin embargo, esas opiniones no fueron expresadas cuando todavía podían enriquecer el análisis.

Lo que faltó no fue inteligencia ni información, sino poner todo sobre la mesa.

Cuando hablamos de la soledad del CEO solemos pensar en la presión de ocupar el cargo más alto de una organización. Sin embargo, existe una forma de soledad mucho más peligrosa: aquella que aparece cuando las personas dejan de cuestionar, desafiar o aportar perspectivas diferentes.

A medida que se asciende en la estructura organizacional, las opiniones comienzan a filtrarse, los desacuerdos se suavizan y las malas noticias tardan más en llegar. Algunas personas prefieren no confrontar, otras asumen que la decisión ya está tomada y otras consideran que no les corresponde opinar.

El problema es que, en entornos cada vez más complejos y cambiantes, ninguna organización puede depender exclusivamente de la mirada de una sola persona. La calidad de las decisiones está directamente relacionada con la calidad de las conversaciones que las preceden.

La verdadera soledad del CEO no es solamente un problema individual. Muchas veces es el reflejo de una cultura organizacional donde las respuestas parecen venir siempre desde arriba, cuestionar se interpreta como confrontar y señalar riesgos puede ser percibido como falta de buena voluntad. En ese contexto, el aparente alineamiento suele imponerse sobre el pensamiento crítico.

La historia empresarial ofrece ejemplos elocuentes.

Durante años, Blockbuster dominó el mercado del entretenimiento. Mientras los hábitos de consumo cambiaban y surgían nuevas tecnologías, la organización permaneció aferrada a los supuestos que habían sostenido su éxito. Las señales estaban allí, pero no lograron transformarse en decisiones que permitieran anticipar el cambio.

Algo similar ocurrió con Nokia. Investigaciones posteriores mostraron que muchos directivos conocían las dificultades que la compañía enfrentaba frente al avance de los teléfonos inteligentes. Sin embargo, comunicar malas noticias hacia los niveles superiores no siempre resultaba sencillo. Cuando las alertas tardan en llegar, la capacidad de reacción también se vuelve más lenta.

Ambos casos dejan una enseñanza valiosa: las organizaciones rara vez fracasan porque nadie ve venir los cambios. Con frecuencia, muchas personas los observan, pero esas observaciones no encuentran espacios para transformarse en conversaciones relevantes.

Las señales suelen detectarse cuando se está en contacto con los clientes, en la operación, en los equipos comerciales o en quienes observan diariamente el comportamiento del mercado.

Un vendedor detecta que los clientes empiezan a pedir algo diferente. Un técnico advierte que una nueva tecnología avanza más rápido de lo previsto. Un mando medio percibe movimientos distintos en la competencia.

Por lo tanto, una pregunta “incómoda” podría ser, ¿existe un entorno donde las personas se sientan habilitadas para compartir?

En este contexto, el rol del CEO también necesita evolucionar. Durante años predominó la idea del líder que debía tener respuestas para todo. Hoy, probablemente, su mayor aporte no radique en tener todas las respuestas, sino en crear las condiciones para que aparezcan las preguntas correctas.

Eso implica escuchar perspectivas diferentes, desafiar los propios supuestos y construir espacios donde las personas puedan expresar preocupaciones, desacuerdos o ideas emergentes sin temor a las consecuencias.

En definitiva, liderar en tiempos de cambio permanente implica construir una cultura donde cuestionar sea una responsabilidad y no una amenaza. Cuando las conversaciones no evolucionan al mismo ritmo que el entorno, el riesgo no es solamente que el CEO quede solo. El verdadero riesgo es que las señales del futuro estén presentes en la organización, pero nadie las lleve al lugar donde se toman las decisiones.

Quizás por eso una de las preguntas más importantes que puede hacerse hoy cualquier CEO es ¿estoy creando las condiciones para que ese equipo diga lo que necesito escuchar y no solo aquello que quiero escuchar?

ARTÍCULOS RELACIONADOS