Fotografía por Santiago Mondo
Mientras leés esto, probablemente estés sentado en una silla ergonómica de $500 dólares, tomando un café de granos orgánicos single-origin, con una pulsera que monitorea tus pasos y tu sueño. Tal vez tengas agendado un retiro wellness para el próximo trimestre, o un pack de suplementos importados en tu escritorio. La industria del bienestar te conoce mejor que vos mismo: sabe que tenés poco tiempo, y una necesidad urgente de sentirte mejor y buen poder adquisitivo. Y sobre esa ecuación construyó un imperio. Leonardo Sande, médico intensivista, diplomado en nutrición y obesidad y director de Clínica Sande, analiza con ojo clínico -y de negocios- qué hay realmente detrás de este mercado millonario.
¿Estamos ante una oportunidad de negocio legítima o ante una burbuja de promesas vacías? Para Sande, la respuesta no es binaria. Existe una necesidad genuina. La medicina logró que viviéramos más, pero ahora surge el dilema de qué hacer con 30 años extra de vida. ¿Vivirlos bien o vivirlos horrible? El estrés, la ansiedad y la falta de tiempo se convirtieron en las enfermedades del milenio, y es lógico que millones de personas busquen soluciones.
El problema no está en la demanda sino en quién la satisface. «Cuando la respuesta viene de un laboratorio clínico con evidencia y un equipo interdisciplinario, es medicina. Cuando viene de un influencer con un código de descuento, es marketing«, dispara Sande. La necesidad es la misma en ambos casos, pero la respuesta es completamente distinta. Y muchas veces no se tiene herramientas para distinguir una de la otra.
Resolver la salud
Los ejecutivos representan el target ideal: alto poder adquisitivo, estrés crónico y una cultura laboral que los entrenó para resolver todo rápido. Problema, solución, siguiente. La industria del wellness les diseñó productos perfectos para esa lógica: un retiro de tres días que promete reset total, un suplemento que se toma con el café de la mañana, una app que certifica que meditaste 7 minutos.
«Acá se juntan el hambre y las ganas de comer», resume Sande. El ejecutivo busca resolver su bienestar como hace con otros problemas de su vida: con una llamada, una transacción. Pero el bienestar no funciona así. No es un estado que se compra; es una toma continua de decisiones. «Estar bien no se hace con el tiempo que sobra, ni poniendo una tarjeta de crédito. Requiere un tiempo diario y eso le cuesta dar al gran empresario«, advierte.
Sande no está en contra de los retiros wellness. De hecho, los consume. Pero aclara que un fin de semana en un spa, por más valioso que sea, no va a definir el estado de bienestar de una persona.
Las empresas también entraron en el juego. Membresías de gimnasios premium, apps de meditación corporativas, snacks saludables en la oficina. ¿Cuánto de eso es inversión real en salud y cuánto es employer branding disfrazado de beneficios? Sande traza una distinción clara: «La diferencia entre bienestar real y employer branding es la misma que entre medicina y marketing: uno mide, el otro comunica».
No todo es humo. Una empresa que brinda acceso a actividad física o apoyo psicológico está haciendo algo valioso. El problema surge cuando esos beneficios se convierten en una lista decorativa para LinkedIn sin que nadie mida impacto real. La membresía de gimnasio funciona si alguien evaluó qué necesita tu cuerpo antes de mandarte a entrenar. La app de meditación funciona si el estrés que tenés es del tipo que se resuelve meditando y no con una intervención clínica.

Superfoods, detox y la pregunta filtro
Es un mercado en el que abundan las narrativas aspiracionales, muchas veces por encima de las evidencias científicas, se dificulta percibir qué de ciencia real existe detrás. Para Sande, hay una pregunta que funciona como filtro: ¿quién te indicó esto? «Si la respuesta es ‘lo vi en Instagram’ o ‘lo leí en un blog’, estás comprando una historia. Si la respuesta es ‘mi médico me lo indicó después de evaluar mi caso’, estás haciendo medicina».
El escenario se complejizó con la llegada de fármacos que representan un avance histórico en el tratamiento de la obesidad. Por primera vez, la medicina cuenta con herramientas farmacológicas con evidencia sólida para tratar esta condición como lo que es: una enfermedad crónica, no una falta de voluntad. Pero el riesgo está en que se comercialicen como un producto más de adelgazamiento rápido.
La diferencia entre un uso legítimo y uno oportunista es si hay un diagnóstico y un seguimiento medico detrás.
Hoy lo que más alarma a Sande es la automedicación. «Estamos viendo personas que se administran semaglutida, testosterona, hormona de crecimiento, sin prescripción médica, sin diagnóstico, sin seguimiento. Lo compran online, se lo inyectan solos y creen que están haciendo biohacking. Están jugando con su sistema endocrino sin que nadie les haya hecho un análisis».
El diagnóstico real
¿Qué debería estar comprando realmente un ejecutivo que trabaja 12 horas, viaja constantemente, come mal y duerme poco? La respuesta de Sande es categórica: tiempo con un médico que le mire todo junto. No un nutricionista por un lado, un entrenador por otro, un psicólogo por separado y un endocrinólogo que nunca habla con el resto. Eso es lo que ve en su consultorio a diario: personas que hicieron mucho pero mal articulado.
En Clínica Sande justamente abordan el sobrepeso y la obesidad desde un enfoque integral que combina medicina, nutrición y psicología. Un tratamiento completo y personalizado donde las especialidades conversan entre sí. «Cambiaron la dieta pero nadie les midió las hormonas. Empezaron a entrenar pero nadie evaluó cómo duermen. Fueron al psicólogo pero nadie les dijo que el cansancio que sienten es endocrinológico, no emocional», enumera.
Sande trabajó años en terapia intensiva. Vio lo que pasa cuando nadie interviene a tiempo. Hoy trabaja para que eso no pase.
El verdadero costo-beneficio no está en el retiro de fin de semana ni en el suplemento importado. Está en un abordaje que primero entienda qué te pasa y después diseñe qué hacer.





