En 1985, la cadena estadounidense Costco empezó a vender en sus tiendas un hot dog con bebida por US$ 1,50. Ronald Reagan era presidente, Microsoft acababa de lanzar Windows y faltaban años para que existiera Google. Aún hoy el combo cuesta US$ 1,50.
Si hubiera acompañado la inflación, costaría más de US$ 4. Pero dentro de Costco este congelamiento es un asunto de Estado.
A mediados de los 2000, Craig Jelinek era el número dos de la cadena y pidió hablar con Jim Sinegal, el fundador y CEO.. «Jim, no podemos seguir vendiendo el combo de hot dog a US$ 1,50. Estamos perdiendo dinero», le dijo.
La respuesta de Sinegal no dejó espacio para el debate: «Si subes el maldito hot dog, te mato. Resolvelo.»
Años después Jeline se convertiría en CEO de Costco y el precio permanecería intacto.
Lo interesante es que la empresa no decidió simplemente aceptar la pérdida. Cambió el negocio alrededor del hot dog para no modificar el precio del combo. Llevó parte de la producción a plantas propias para reducir costos y ganar control. Cambió proveedores y buscó eficiencias.
El hot dog terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de Costco. Camisetas, memes y publicaciones en redes celebran el cartel de US$ 1,50 casi como si fuera un logo paralelo de la empresa.El producto funciona porque comunica algo mucho más grande que su precio. Costco cobra una membresía para entrar a sus tiendas y basa buena parte de su propuesta en una promesa sencilla: quien paga por pertenecer al club debe sentir que recibe valor a cambio. El hot dog es probablemente la forma más barata de demostrarlo.
Fuentes: The New Yorker, USA Today, The Seattle Times,





