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Créditos fiscales, fondos, sandboxes: Uruguay tiene hoy más instrumentos de los que se cree
07 09, 2026
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Bruno Gili

Por Karina Spremolla

Llegó al sector público desde el mundo de las empresas. Fue empresario, consultor y lideró, junto a sus socios, una organización de mil personas. Hoy Bruno Gili dirige Uruguay Innova, el programa de Presidencia que coordina todo el ecosistema de innovación del país, desde los instrumentos fiscales hasta los centros de investigación.

Gili tiene claro cuál es el nudo. «Para internacionalizarse necesitás innovación, y para financiar innovación necesitás la escala que da la internacionalización», dice. Pero también visualiza que por ejemplo hace 30 años, casi no existían empresas de base científico-tecnológica en Uruguay; hoy hay «50 o 70 empresas de biotecnología» fundadas por jóvenes científicos uruguayos. Lo que falta es un mercado financiero que entienda que innovar «requiere plazos de 10 años»; y  sobre todo, más mundo: «es muy difícil innovar solo para el mercado uruguayo».

En esta charla, Gili traza el mapa completo: qué tienen hoy las empresas a disposición y dónde están las oportunidades.

¿Cuáles son los sectores con más oportunidad?

Uruguay tiene que elegir bien. No puede competir en todo. El agroalimentario tiene volumen y escala para asumir riesgo de innovación. Pero el salto está en pasar de commodities a ingredientes de alto valor para la industria alimentaria y de salud global. 

Nestlé produciendo café desde Uruguay con tecnología sofisticada y exportando conocimiento es el modelo. La salud tiene el registro de historias clínicas más completo de América Latina, un activo subutilizado. El sector financiero ya demostró que puede producir unicornios. El farmacéutico tiene trayectoria. Un dato reciente: en el Parque Científico-Tecnológico acaba de instalarse un laboratorio que produce componentes de medicamentos con aprobación de la FDA y la Autoridad Sanitaria Europea. Uruguay fue elegido porque tiene ingenieros químicos de nivel global. Ese es el tipo de inversión que hay que atraer.

¿Qué instrumentos concretos tiene hoy una empresa que quiere innovar?

A grandes rasgos, hay tres niveles. El primero son los instrumentos macro: la COMAP y los créditos fiscales. La COMAP es el más potente para empresas ya instaladas: exoneraciones en IRAE, Patrimonio, IVA y aranceles. En los cambios recientes, las inversiones en I+D tienen mayor prioridad en la matriz. Y hay un efecto acumulativo: si estás en un parque científico-tecnológico y obtenés un beneficio de la COMAP, digamos un 50% de exoneración en renta, el parque te suma un 15% adicional.

El segundo nivel son los fondos de las agencias: ANII, MIEM, ANDE. Desde implementación de innovación hasta coinversión para startups, fondos sectoriales para energía y agro, y el nuevo fondo Ida Holz para investigación de largo plazo, que son proyectos de 4 a 5 años con posibilidad de contratar postdoctorados. Y hay una novedad que pocas empresas conocen: las instaladas en zona franca ahora también pueden acceder a los instrumentos de ANII. Una empresa que trabaja solo para el exterior puede tener todos los beneficios de zona franca y además participar de los fondos de innovación.

¿Qué pasó con el fondo Ida Holz? ¿Cuántos proyectos se presentaron y qué resultados tuvo?

Se presentaron 80 proyectos. Van a quedar financiados algo menos de la mitad. Son entre 6 y 7 millones de dólares. Pero más que los números, lo que importa es el cambio de lógica que representa el fondo.

Antes existían proyectos de 40 ó 50 mil dólares por un año. En biotecnología eso era imposible: no podés atraer talento ni repatriar investigadores con esas condiciones. El Holz cambia eso: 4 a 5 años, hasta 300.000 dólares, con posibilidad de contratar postdoctorados y articular con el sector privado.

Es un período de tiempo razonable para que alguien tome una decisión de vida y le apueste a un proyecto. La aspiración a largo plazo es que, para 2030, la unidad de evaluación y monitoreo pueda ir con datos de impacto al Ministerio de Economía y negociar presupuesto mostrando qué instrumentos funcionaron y cuáles no. No agencia por agencia pidiendo plata, sino con evidencia.

«Sin empresas internacionalizadas, la inversión privada en I+D no escala.»

Bruno Gili

Uruguay cuenta desde hace poco con un marco para desarrollar sandboxes regulatorios ¿Qué son y por qué importan?

Permiten probar nuevas tecnologías en ambientes controlados, donde la regulación vigente hoy no lo permitiría. El objetivo es que esa experimentación alimente cambios regulatorios después. El ejemplo más concreto: Uruguay tiene el mejor registro de historias clínicas de América Latina. Anonimizados, esos datos son extraordinariamente valiosos para investigación en salud. Una empresa puede solicitar acceso, trabajar en un entorno supervisado y devolver soluciones que mejoren la gestión del sistema. Ya tiene marco legal y el equipo está recibiendo solicitudes.

La Ley de Competitividad también incorpora sandboxes para el sector financiero. Eso puede ser el impulso que el fintech local necesitaba: Uruguay tiene talento y empresas exitosas en ese sector, pero muchas tuvieron que desarrollarse afuera porque regulatoriamente acá no podían caminar.

¿Cómo está Uruguay comparado con países similares en inversión en innovación?

Nuestro último dato es un 0,7% del PBI invertido en I+D. Países comparables, como Finlandia, Irlanda, Singapur, Estonia, están entre el 2% y el 3%. Pero lo más significativo es ver de dónde viene ese dinero: en esos países, el 60% lo pone el sector privado, porque sus empresas están internacionalizadas y tienen la escala para reinvertir. En Uruguay el problema más estructural es la transferencia tecnológica

¿Están las universidades preparadas para asumir este desafío?

La investigación básica y aplicada ocurre en la Udelar como líder, en UTEC y en los institutos de investigación. Hay mucho trabajo serio. Pero en todos los indicadores globales, Uruguay muestra una debilidad clara en la transferencia tecnológica, que la investigación que se hace en las universidades se convierta en valor económico para el país. Pero los científicos uruguayos que volvieron en los últimos 15 años entienden que la ciencia tiene que conectarse con el mercado. El cambio, sin embargo, tiene que ser mucho más institucional. Uno aspiraría a ver, como en Barcelona, la universidad al lado del parque científico-tecnológico funcionando como una cadena real, continua. Que haya un flujo verdadero entre el conocimiento que se genera y la industria que lo puede aplicar.

¿A qué llama el «efecto riqueza»?

Cuando una empresa exitosa escala, termina siendo financiada por fondos internacionales. Ese aumento de valor queda alojado afuera. El empresario uruguayo que vende está bárbaro, pero si no participó capital nacional en ese proceso, el efecto riqueza no se redistribuye en la economía local. Por eso estamos trabajando con el Banco Central, Economía y el BROU en un instrumento de capital de riesgo público-privado: plazos mínimos de 10 años, portafolio diversificado, rentabilidad que llegue cuando la empresa tiene éxito. Un cambio de conducta total respecto al crédito bancario tradicional. Todavía no está listo. Está en la agenda.

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