Nota por Bernardo Lapasta
Son perfiles que, en teoría, lo “tienen todo”. Pero cada vez más los consultorios psicológicos reciben a esos empresarios y ejecutivos exitosos que consultan por malestares que no logran nombrar en un primer momento. El cuerpo habla antes: no duermen, sienten malestar, se les dificulta decidir. Y recién después aparece la pregunta: ¿qué me está pasando?.
En el mundo empresarial, los resultados cierran: facturación, crecimiento, reconocimiento. Desde afuera, la ecuación parece cerrada. Puertas adentro, la historia es otra. Ansiedad, insomnio, angustia, una sensación persistente de vacío.
CORPO conversó con el doctor en Psicología y escritor Jorge Bafico y con la licenciada en Psicología Andrea Méndez Silvera (BlueCross & BlueShield Uruguay) sobre cómo impacta la presión de sostener ciertos lugares.
Gestionar lo interno
Ambos coinciden en desarmar una idea: no hay una “psicología del empresario” como categoría clínica. “Son sujetos que traen síntomas asociados a dificultades en la vida”, plantea Bafico, que a veces se articulan con el trabajo, pero no nacen ahí.
Sin embargo, Méndez Silvera introduce un matiz clave: el rol suma complejidad. No es lo mismo liderar que no hacerlo. En esos lugares aparece un “plus” de estrés y ansiedad vinculado a la carga de responsabilidad, a la toma constante de decisiones y a algo menos visible: ser receptor de expectativas, demandas y frustraciones de otros.
En ese cruce entre historia personal y exigencia externa, la dificultad no es solo gestionar un negocio, sino gestionar lo que eso genera internamente.
El contraste entre éxito visible y malestar interno es una de las claves del fenómeno.
Para Bafico, ahí aparece la singularidad: “¿Qué quiere decir tener todo?”. Dinero, reconocimiento, poder. Pero eso no necesariamente ordena lo subjetivo. Puede incluso desordenarlo. “Hay vericuetos inconscientes que hacen que una persona, teniéndolo todo, no tenga nada”, explica.
Pueden ser culpa -por ejemplo, cuando a alguien le va bien y a su entorno no-, mandatos o una vida que no estaba “pensada” para ese lugar. El éxito, en lugar de resolver, abre tensiones.
Méndez Silvera lo responde desde una lógica integral: nadie deja su vida afuera al entrar a la empresa. Lo personal viaja con uno. Y en roles de alta responsabilidad, se suma un factor concreto: el miedo a perder lo construido. No solo en términos económicos, sino en el impacto que eso tendría en la propia vida y en la de otros.
Cuesta pedir ayuda
Llegar es una parte; sostenerse, otra.
Bafico lo sintetiza: “el éxito es muy difícil de soportar”. No solo por lo que implica, sino por lo que los otros proyectan. Expectativas, demandas, idealizaciones.
Méndez Silvera agrega otra capa: la responsabilidad estructural. Mantener una empresa, equipos, niveles de vida. En muchos casos, eso se traduce en una presión constante por no fallar, por no bajar el rendimiento, por seguir respondiendo.
En ese escenario, el margen para el error -o incluso para el descanso- se achica.
La consulta no siempre es inmediata.
Bafico introduce un concepto incómodo pero central: el componente narcisista como rasgo que puede reforzarse en posiciones de poder. La dificultad está en aceptar que uno no puede resolver el problema solo. “Entender que necesita ayuda, que le falta algo”, dice.
Méndez Silvera pone el foco en lo operativo: el tiempo. Jornadas extensas, agendas saturadas, prioridades puestas en el negocio. El autocuidado queda relegado.
A eso se suma algo cultural: aunque el estigma bajó, todavía aparecen frases como “en mi familia nadie va a terapia” o dudas sobre dar ese paso. No es negación total, pero sí postergación.
La trampa de no poder parar
En muchos casos, el primer síntoma no es una idea, es una sensación.
Bafico lo describe con claridad: el cuerpo aparece antes que la palabra. Insomnio, ansiedad, inquietud, dificultad para decidir. “Es el cuerpo el que se ve afectado primero”, señala, especialmente en algo básico: el dormir.
Méndez Silvera coincide en que la distinción entre lo físico y lo emocional no es tan clara. Habla de una integralidad: síntomas físicos y psíquicos que se superponen y que el paciente muchas veces no logra explicar del todo.
Lo que aparece es una certeza difusa: algo no está bien, pero no se sabe qué.
Un patrón que ambos identifican es la dificultad para desconectar.
Bafico lo conceptualiza como “esclavitud del trabajo”: una dinámica donde el hacer constante funciona como evasión. Todo el tiempo ocupado, sin espacio para procesar.
Méndez Silvera lo ve en la práctica como una imposibilidad de priorizarse. No por falta de conciencia, sino por la estructura misma de los roles: siempre hay algo más urgente, más importante, más inmediato.
El resultado es un círculo: cuanto más se trabaja, menos espacio hay para registrar el malestar. Y cuanto menos se registra, más se sostiene.

Primer paso: hacer lugar
El primer movimiento es detenerse. Para Bafico, implica aceptar un límite. “No se puede con todo”. Poder “caer en falta”, es decir, reconocer que hay algo que no se resuelve solo.
Méndez Silvera propone tomar contacto con lo que el cuerpo y el ánimo están diciendo. Registrar cambios, desmotivación, señales. Y, a partir de ahí, habilitar un espacio terapéutico.
Se trata de entender patrones, revisar modos de actuar, incorporar herramientas. No solo para uno, sino también para el equipo que se lidera.
Éxito y bienestar, una tensión abierta
Ambos coinciden en que hay más consultas de este perfil.
Para Bafico, el cambio es cultural: la psicología se volvió parte de la vida cotidiana. Ya no es sinónimo de “estar mal”, sino una práctica más aceptada.
Méndez Silvera suma el contexto: una época marcada por la inmediatez, la exigencia y la presión por resultados. Un escenario que empuja a rendir, pero también expone más rápidamente los límites.
Además, en muchos entornos organizacionales, la salud mental empieza a tener más lugar, aunque con diferencias según países, sistemas de salud y culturas laborales.
En un entorno que premia el rendimiento constante, la pregunta empieza a correrse: no solo cómo llegar, sino cómo sostenerse.






