Fotografía Santiago Mondo
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“Un líder ambicioso suena súper bien cuando es un hombre. Y una líder ambiciosa, cuando es ambiciosa, es como un dedo acusador.”
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“Cuando entré a la política me pareció que había retrocedido casilleros y estaba como en la misma foto del mundo corporativo 20 años atrás”
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“No importa desde dónde, lo que importa es la intención. Si uno quiere ayudar a que la gente de tu país esté mejor y poner tu grano de arena, eso es lo que importa. Desde el lugar que lo haces es lo mínimo.”
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«Fui la primera mujer de mi partido —que tiene 190 años de historia— en sostener una candidatura presidencial en las internas. La campaña duró dos años: recorrí el país, le di menos pelota a mis hijos, me perdí un montón de cuestiones personales, terminé extenuada. Viví muchísimas traiciones, viví muchísimo machismo, es verdad, lamentablemente. Pero también conocí gente espectacular.»
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“Se habla mucho más de nuestra imagen, de lo que nos ponemos, y ni qué hablar si decidimos usar un escote, usar una pollera corta, usar mucho taco, pintarnos los labios muy de rojo. Nada de eso le pasa a los hombres.”
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“Hay una eterna tensión de equilibrista en las mujeres que ocupamos posiciones de liderazgo entre por un lado nutrir y ser como madre del equipo y por otro lado exigir. Entonces si exigís mucho es como que es demasiado exigente, es inhumana, es una yegua, para no decir algo peor, es histérica. Se nos mide con varas diferentes.”
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«La contraté hace como 18 años. A los dos meses viene con cara de circunstancia y me dice: ‘Ay, Laura, te tengo que contar algo.’ Le digo: ‘¿Qué pasó de tan grave?’ Y con miedo me dice: ‘Estoy embarazada.’ Por supuesto que le di un abrazo y le dije: ‘¡Qué espectacular, cuánto me alegro!’ Y tuvo dos hijos trabajando conmigo. En esos meses nos tuvimos que apoyar con otra gente para complementar ese trabajo, pero lo valioso de ese equipo que abraza lo que le pase a cada uno es invaluable. Nosotras tenemos que dar el ejemplo.»
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“A mis hijos les conté cosas que sufrimos las mujeres en el mundo laboral. Quedaron boquiabiertos. Les conté cómo una vez alguien en el ámbito laboral me había apoyado la mano en la rodilla. O cómo un potencial cliente me había dicho que era mejor cerrar el acuerdo tomando un vino.






