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El desafío de heredar un patrimonio digital que puede desaparecer para siempre
03 03, 2026
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Por Bernardo Lapasta

Cariño, si recibís este mensaje es porque me pasó algo…

Es una frase que nadie quiere escribir —o leer—, pero que empieza a volverse inevitable para quienes acumulan parte de su patrimonio en criptomonedas. A diferencia del dinero en una cuenta bancaria, un inmueble o una inversión tradicional, los criptoactivos tienen una particularidad radical: si nadie sabe cómo acceder a ellos, pueden perderse para siempre. No hay banco, no hay reclamo y no hay instancia de recuperación.

En la medida en que las criptomonedas ganan lugar en las estrategias de ahorro e inversión, también emerge una pregunta incómoda: ¿qué pasa con ese patrimonio si su titular muere o queda incapacitado? La respuesta no es simple y depende, en gran parte, de cómo se hayan custodiado esos activos en vida (y de la planificación).

De eso se ocupa el francés Rémi D’Alise, exjefe de producto de Ledger —empresa mundial en billeteras criptográficas— y hoy consultor especializado en seguridad y transmisión de patrimonios cripto de alto valor. Descubrió Bitcoin en 2017 y pasó seis años diseñando hardware wallets utilizadas por millones de personas en todo el mundo; en la actualidad, también se dedica a comunicar sobre estas temáticas en diferentes medios de comunicación. Esa experiencia le dejó una certeza que hoy repite a sus clientes: la mayoría de las personas no pierde sus criptomonedas por errores tecnológicos, sino por falta de conocimiento, estrategia y planificación.

D’Alise trabaja principalmente con personas que gestionan carteras de entre € 100.000 y € 10.000.000, y buscan protegerse no solo del robo o el hackeo, sino también de un escenario más difícil de imaginar: qué ocurre con esos activos si ya no pueden transmitir la información clave, como en casos de su muerte o dificultades cognitivas.

Plataforma o autocustodia

El primer punto clave para entender el testamento cripto es cómo se almacenan las criptomonedas. Muchas personas optan por dejarlas en plataformas centralizadas, conocidas como exchanges. En ese caso, se accede de manera similar a una cuenta bancaria: un email, una contraseña y algún sistema adicional de verificación. La plataforma se encarga de la custodia y la seguridad de los fondos.

Desde el punto de vista sucesorio, este modelo tiene una ventaja clara. Si la familia sabe que esa cuenta existe, puede iniciar un proceso de recuperación a través de documentación legal, intervención de un escribano público. Sin embargo, también implica riesgos estructurales. La historia reciente mostró que una plataforma puede quebrar, ser hackeada o quedar bloqueada por regulaciones, como ocurrió con el caso FTX, donde miles de usuarios perdieron acceso a sus fondos, explica D’Alise —desde París y en español— en intercambio con Corpo.

El panorama cambia por completo cuando se trata de autocustodia. En ese modelo, el usuario controla directamente sus criptomonedas mediante una billetera de software o hardware. No hay intermediarios. Según D’Alise, es como tener una caja fuerte en casa: nadie puede bloquearte el acceso, pero toda la responsabilidad recae sobre vos. Si algo sale mal, no hay a quién recurrir.

Llaves privadas, palabras y un riesgo irreversible

Las criptomonedas funcionan gracias a la criptografía. Cada usuario controla sus fondos a través de una llave privada, un código matemático único con el que se demuestra la propiedad de los activos y autorizar transacciones. Esa llave suele respaldarse mediante una secuencia de 12 o 24 palabras, conocida como seed phrase, que permite recuperar el acceso en caso de pérdida del dispositivo.

El principio es tan simple como extremo: quien tiene esas palabras tiene el dinero. Por eso, advierte D’Alise, esa información nunca debe guardarse en dispositivos conectados a internet, ni en fotos, emails, gestores de contraseñas o archivos en la nube.

Este punto es el núcleo del problema sucesorio. Si una persona muere sin dejar indicaciones claras, sin informar a su familia de la existencia de esos activos o sin diseñar un mecanismo de acceso seguro, el patrimonio queda bloqueado para siempre. No existe un “olvidé mi contraseña” ni un respaldo institucional que pueda intervenir.

Cofres, escribanos y mapas del tesoro

Diseñar un “testamento cripto” no implica revelar las claves en vida ni dejarlas expuestas. Implica crear un sistema que combine confidencialidad y accesibilidad futura. En muchos casos, eso supone guardar la seed phrase en un soporte físico, fuera de cualquier entorno digital, y depositarla en un lugar extremadamente seguro.

Algunos optan por cofres bancarios, otros por sistemas de redundancia física en distintas ubicaciones. Lo central es que exista una hoja de ruta clara para los herederos y que esa información esté respaldada en un testamento tradicional, ante escribano, donde se deje constancia de la existencia del patrimonio cripto y del procedimiento para recuperarlo.

También existen herramientas digitales que pueden funcionar como disparadores de alerta. D’Alise menciona el gestor de cuentas inactivas de Google, que permite enviar mensajes automáticos si una cuenta permanece inactiva durante un período determinado. Bien utilizado, puede servir para avisar a contactos de confianza o indicar dónde encontrar la información clave. Mal utilizado, puede ser letal. Incluir contraseñas o frases de recuperación en un email o en la nube equivale, según el experto, a dejar la caja fuerte abierta.

D’Alise deja bien claro que la transmisión de un patrimonio cripto no se improvisa, se diseña. A diferencia de otros bienes, no admite errores, olvidos ni zonas grises. Aunque de realidad volátil, en el contexto actual los activos digitales ganan peso en los patrimonios personales, el testamento cripto deja de ser una excentricidad futurista para convertirse en una nueva forma de responsabilidad patrimonial. Porque si nadie sabe cómo acceder a ese dinero, es como si nunca hubiera existido.

La gente no pierde sus criptomonedas por fallas técnicas, sino por falta de planificación”

Remi D´Alise

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