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Datos y tecnología están revolucionando la forma de decidir y gestionar en el campo uruguayo.
09 04, 2026
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Corría el año 2008. Marcos Guigou llegó a la Expoactiva en Soriano con un dron prestado. Era un productor innovador, inquieto, que hacía cinco años había fundado Agronegocios del Plata (ADP). Con el equipo de su empresa pusieron a volar el dron.

Y lo que pasó a continuación no lo esperaba nadie. «Vinieron integrantes de la Comisión Directiva a pedirnos por favor que no voláramos más», recordó en una entrevista años después en El País Rural. El motivo: les estaban robando público a todas las demás actividades de la muestra.

Ese dron significó una promesa: ver el campo de otra manera. Poco después, ADP desarrolló sus propios drones con apoyo de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII). Hoy ADP es uno de los grupos agropecuarios más grandes de Uruguay y acaba de cerrar la adquisición de los activos de Pérez Companc en el país.

La tecnología de los drones abrió la puerta a la agricultura de precisión, que el propio Guigou definió como el mayor impacto después de la siembra directa. Para el fundador de ADP fue como abrir la caja de Pandora, en referencia a que de golpe hubo un desborde de información y datos que no se sabía cómo manejar.

Aprender a manejar esa complejidad -convertir el dato en decisión, la variabilidad en ventaja- es lo que define la evolución del agro uruguayo de los últimos veinte años. Y cambió para siempre la forma de producir, de decidir y de gestionar.

Así lo señala Ismael Turbán, fundador de la consultora Sumar Agro, ingeniero agrónomo con más de tres décadas en agronegocios. Dirigió empresas agrícolas que llegaron a cubrir 160.000 hectáreas de siembra —equivalente al 12% de la producción agrícola uruguaya— y lideró operaciones en Brasil de 75.000 hectáreas.

El campo siempre tuvo conocimiento y criterio. Ahora tiene algo más: una capa gigantesca de información que antes no existía. “Lo que cambió sobre todo es la cantidad de datos que uno tiene”, explica. “Hoy las decisiones pueden ser mucho más finas”.

Del productor al gestor

Esta transformación viene con un cambio de mentalidad.

Durante décadas, el productor era sobre todo un especialista en producción. Sabía interpretar el suelo, el clima, el comportamiento de los cultivos. Ese conocimiento sigue siendo central, pero hoy ya no alcanza.

“Hoy el empresario del agro se vuelve más empresario”, resume Turban. “Tiene que manejar otras herramientas de gestión”.

La información que generan las máquinas, los sensores y los sistemas de monitoreo convierte al campo en una empresa intensiva en datos. Cada campaña acumula miles de registros: rendimiento, costos, fertilización, clima, sanidad. Se puede saber cuánto rinde cada metro cuadrado.

Antes se trabajaba con promedios. Hoy se trabaja con precisión.

Producir más usando menos

GPS, imágenes satelitales, mapas de rendimiento, drones y sensores permiten hoy observar el campo con un nivel de detalle que antes era impensable.

El impacto es directo en la toma de decisiones. Hoy un productor puede sembrar, fertilizar o aplicar agroquímicos de forma variable según el potencial productivo de cada zona del lote. Donde el suelo puede producir más, se invierte más.

El resultado, según Turban es una triple ganancia: más productividad, menos costos, menos impacto ambiental.

“Podés colocar exactamente la cantidad de semillas o fertilizante que cada lugar necesita”, explica. “Eso da un nivel de eficiencia muy alto”. Incluso en el control de malezas aparecen sistemas capaces de identificar dónde está el problema y aplicar el producto solo en ese punto.

De mecánicos a analistas de datos

La tecnología también cambió las habilidades que se necesitan para trabajar en el agro.

Hace veinte años, el operador de maquinaria tenía que saber sobre todo de mecánica. Hoy necesita entender electrónica, sistemas digitales y manejo de software, subraya el fundador de Sumar Agro.

Los tractores modernos incorporan piloto automático. Las cosechadoras tienen sistemas de inteligencia artificial que ajustan su funcionamiento. Los drones monitorean cultivos.

El operador ahora debe supervisar un sistema.

Ese cambio se replica en todos los niveles de la empresa agrícola. Los agrónomos deben interpretar imágenes satelitales, datos de sensores y mapas de rendimiento. Las empresas empiezan a incorporar perfiles vinculados a tecnología, análisis de información y gestión digital.

En resumen: el agro necesita más capital humano calificado. Y ahí aparece el cuello de botella más urgente del sector. “Cada vez necesitamos menos operadores y más gente que tenga capacidad de leer lo que te dice una máquina”, advierte Turbán.

La nueva ventaja competitiva

Incorporar tecnología tiene un costo. Pero, como en casi todas las industrias, ese costo baja con el tiempo.

Los GPS que hace dos décadas eran un lujo hoy están en cualquier teléfono, sostiene Turban. Algo parecido está ocurriendo con los sensores, los drones o los sistemas de gestión.

Para Turban, la clave está en la escala y en la gestión. Las empresas agrícolas más grandes pueden absorber antes estas herramientas y diluir sus costos. Pero incluso los productores más pequeños pueden acceder a ellas mediante asesoramiento técnico o sistemas compartidos, aclara.

En un contexto de costos crecientes, el aumento de productividad es lo que permite sostener la rentabilidad.

Turban concluye de forma contundente: quien incorpora estas herramientas gana eficiencia; quien no lo hace empieza a quedar atrás.

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