CORPO / Opinión / MEDIR BIEN LO QUE NO IMPORTA
03 10, 2026
Imagen de Ruben Sosenke

Ruben Sosenke

Co-fundador de PedidosYa / Mentor de emprendedores
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Toda empresa necesita medir su desempeño para poder gestionarlo. Lo que separa a una métrica útil de una que no lo es, no es la precisión con la que se calcula, sino qué tan bien representa lo que el negocio realmente busca lograr.

Una métrica puede estar perfectamente calculada pero al mismo tiempo medir algo que no apunta directamente
al crecimiento de la empresa. Ese desvío casi siempre pasa desapercibido porque el número sigue ahí, prolijo, actualizado, mostrando movimiento. Lo que se mide fácil no siempre es lo que importa, y lo que importa no siempre se puede medir fácil.

La cantidad de llamadas se cuenta sola pero la calidad de una conversación de venta requiere criterio, contexto, y muchas veces una opinión que no es unánime.

Con el tiempo se termina midiendo lo que se puede, no lo que se debería. Ese reemplazo casi nunca es una decisión consciente, es un desplazamiento gradual que se instala porque cada paso individual parece razonable.

Se repite en cualquier área de una empresa. En ventas se mide la cantidad de llamadas realizadas, no la calidad de esas conversaciones ni cuántas terminan en un negocio cerrado. En soporte se mide la cantidad de tickets cerrados, no si el problema del cliente quedó resuelto de verdad. En marketing se mide la cantidad de leads generados, no cuántos de esos leads terminan siendo clientes. En selección de personal se mide cuánto se tarda en cubrir una posición, no si esa persona sigue en la empresa seis meses después.

En cada uno de estos casos existe una métrica más difícil de construir que sí refleja el resultado real, pero que exige más tiempo y más acuerdo entre áreas. En todos los casos la métrica elegida es correcta en su ejecución e incorrecta en su elección, por lo menos si no se contemplan otras métricas complementarias.

El mecanismo que sostiene esto es simple y no requiere mala fe de nadie. En el momento en que una métrica se usa para evaluar a un equipo o a una persona, el comportamiento se empieza a adaptar a la métrica, no al objetivo de fondo que esa métrica debería representar. Es un incentivo racional porque optimizamos lo que se mide, no lo que se nos pide en el discurso. Si a un equipo de soporte se lo evalúa por tickets cerrados, va a cerrar tickets más rápido aunque eso signifique cerrar antes de resolver. Nadie está haciendo trampa. Está respondiendo exactamente al sistema que tiene enfrente.

Cuanto más tiempo pasa una métrica sin ser cuestionada, más se naturaliza como la definición misma del buen desempeño aunque nadie recuerde por qué se empezó a medir eso en particular. El resultado es una falsa sensación de control. Un dashboard lleno de números en verde genera la tranquilidad de que el negocio va bien, cuando en realidad lo único que muestra es que la actividad aumentó.

Esa tranquilidad es peligrosa porque reemplaza la pregunta que sí importa, si ese número se mueve en la misma dirección que el resultado de negocio o si hace rato que se separaron sin que nadie lo notara.

Elegir qué se mide no es un tema operativo, es una decisión estratégica.

Cuando quienes dirigen delegan el diseño de las métricas sin volver a mirarlas periódicamente, están delegando también la definición de qué es éxito para ese equipo. Esa definición, una vez instalada, es muy difícil de cambiar sin que se viva como una crítica personal a quienes vienen cumpliendo con lo que se les pidió.

Revisar una métrica no es desconfiar del equipo que la viene cumpliendo, es reconocer que las prioridades del
negocio pueden haber cambiado más rápido que el indicador que se usa para seguirlas.
La forma más simple de corregir esto no es abandonar la métrica de actividad, sino dejar de mirarla sola.

Cuando una métrica de actividad se acompaña de una de resultado, el desvío se vuelve visible casi de inmediato. Si la primera sube y la segunda no la acompaña, ahí está la señal de que el equipo está optimizando la métrica equivocada.

Ninguna de las dos métricas sobra. La de actividad muestra el esfuerzo, la de resultado confirma si ese esfuerzo se tradujo en algo real. El problema no es medir actividad, es medirla sola.

La pregunta que vale la pena hacerse con cada métrica no es cuál es fácil de medir ni cuál se puede trackear en un dashboard. Es cuál realmente genera el impacto que el negocio necesita. Cuando esa pregunta se hace a tiempo, medir deja de ser solo un control y se convierte en una herramienta real para crecer.

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