CORPO / Opinión / El nuevo orden es brutalmente simple
02 03, 2026
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Martín Guerra

Co-fundador de incapital, Handy y Paigo
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Por Martín Guerra
Co-fundador de incapital, Handy y Paigo

El mundo que conocíamos desapareció. Y no es una metáfora. Se terminó el mundo en el que la ONU, la OMC y los tratados internacionales ordenaban el poder.

Como viene diciendo el contador Enrique Iglesias desde hace más de una década: “no es una era de cambios, sino un cambio de era”.

En los últimos meses quedó demostrado que ahora mandan los intereses económicos puros de las grandes potencias y de un puñado de corporaciones que tienen más poder que muchos países.

¿Pero acaso no primaron siempre los intereses de los más fuertes? Sí, pero hay algo que cambió en forma radical. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el mundo funcionó con un sistema de reglas. ¿Eran justas? No siempre. ¿Las respetaban todos por igual? Tampoco. Pero tenías que pasar por la ONU o la OMC, construir coaliciones, convencer, al menos aparentar que había un proceso.

El politólogo Stephen Krasner le puso un nombre a esa dinámica: “hipocresía organizada”. Generaba previsibilidad. Y los países chicos podían agarrarse de esas reglas como escudo.

El economista Dani Rodrik planteó hace 15 años lo que se conoce como el “trilema imposible”: no podés tener democracia, soberanía nacional e hiperglobalización al mismo tiempo. Las élites, dijo, eligieron la hiperglobalización.

El también economista Branko Milanovic lo graficó: entre 1988 y 2008, la globalización benefició a China, India y al 1% más rico. Las clases medias occidentales vieron cómo el sistema que prometía prosperidad las dejó atrás.

Ese desencanto mató al orden de la ONU/OMC. El secretario de Comercio de EEUU lo dijo clarito en Davos: “La globalización ha fracasado para Occidente y para EEUU (…) Dejó atrás a los trabajadores estadounidenses. (…) No deberías deslocalizar toda tu base industrial. No deberías depender de otro país para aquello que es fundamental para tu soberanía. Y si vas a depender de alguien, más vale que sea de tus mejores aliados. Ese es un modo de pensar distinto”.

El multilateralismo como lo conocimos se terminó. Fíjate en Venezuela. Trump va directo: «Dame el petróleo». El crudo que usufructuaba China ahora se alinea con los intereses de EEUU. Punto.

En este nuevo mundo, si no tenés algo para ofrecer, no existís en la conversación.

Si mirás la bolsa estadounidense desde octubre del 2022, cuando salió ChatGPT, el 80% de la suba responde a solo 42 compañías centradas en IA y robótica. Este es EL dato. Porque atrás hay una carrera salvaje entre EEUU y China por desplegar la combinatoria de IA más robótica.

No hay garantías de que toda esa inversión vaya a ser rentable, claro. Incluso JP Morgan advierte que, si la IA no entrega resultados tangibles, se podría vivir una corrección similar a la del “momento metaverso”.

Pero lo que hoy sabemos es que esa carrera se apoya en volúmenes siderales de energía. Por eso el petróleo, las tierras raras y los chips son indispensables.

¿Y Uruguay?

En Uruguay siempre hemos sabido cómo encaminar políticas hacia el bienestar social. Ese driver está claro en los políticos de todos los colores. Pero lo que no hemos tenido es una propuesta país para crecer de manera acelerada.

Nunca tuvimos muchas cosas para ofrecer, y nuestro sistema siempre busca estar basado en reglas. Y en este nuevo mundo, eso es un problema gigante.

Entonces, ¿qué hacemos? Manteniendo el respeto institucional, democrático y de los derechos humanos, el país debería encontrar un activo de cambio valioso para este nuevo orden.

Si llegáramos a tener petróleo, sería un bálsamo. No tenerlo sería mucho más riesgoso. El debate de cómo distribuirlo es secundario comparado con no tener nada para ofrecer.

La mayor parte del mundo recién se está despertando a esta nueva realidad. Hay quienes dicen que va a haber súper abundancia por las ganancias increíbles de productividad, que se va a democratizar mucho más el consumo incluso con desempleos grandes.

Puede ser. Mientras eso ocurre, nosotros -y todos aquellos que no somos ni China ni EEUU ni una de esas 42 corporaciones- estaría bueno que entendiéramos rápido que el juego cambió por completo; que seguir pensando con la lógica anterior es perder de entrada, y que es imperioso respondernos esta pregunta: ¿Qué tenemos para ofrecer en esta nueva era?

Nuestra batalla está en esa respuesta. Y hay que encararla ahora.

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