Nota Gabriela Malvasio
Fotografía Rafael Lejtreger
«El arte es de alguna manera un calificador. Quien se interesa en el mundo del arte está marcando estatus cultural, de sensibilidad. Tiene un retorno de imagen.»
La sesión de fotos todavía no había terminado cuando apareció el niño. El taller de Pablo Atchugarry está junto a su Museo de Arte Contemporaneo MACA en Manantiales. El espacio es enorme, blanco, con asistentes concentrados y ruido a herramientas trabajando el mármol. El fotógrafo lo había hecho salir a la entrada y subirse a unos andamios. Allí, lo divisó una familia argentina desde los jardines del MACA. Y a pesar del cartel “no pasar” se acercan a pedirle una foto.
El niño tiene unos ocho años. Le pregunta si puede llevarse una piedra. Sonriente, Atchugarry le explica dónde están los descartes. El niño vuelve con cuatro piedras, y Atchugarry lo felicita por pensar en sus tres hermanas. Los turistas se van encantados.
Quienes lo han visitado en Manantiales saben que esta escena es habitual. Lo describen siempre igual: cubierto de polvo de mármol, el tono pausado, rodeado de gente que espera para una foto, la sonrisa ancha, sin rechazar a nadie, por más que -cómo sucedía ese día- estuviera a contra reloj para enviar obras a Hong Kong para participar de la Art Basel -la feria de arte contemporáneo más importante del mundo, con ediciones en Suiza, EEUU y China- y preparar una muestra en Roma.
Sigue siendo él quien pone el cuerpo, el dinero y la visión. Pero con un sistema que claramente funciona. No solo vende esculturas: crea el mercado y construye la plataforma que hace que valgan.
¿Cuál es la lógica detrás de esta construcción desde cero, y que hoy tiene lista de espera para obras que todavía no existen?
El altar y la cueva

Camina entre las piezas con la naturalidad de quien recorre su oficina. Se detiene frente a un mármol dibujado con tiza azul y en el que se nota que ha comenzado a trabajar.
«A ver si saben qué es esto.», nos desafía. Pausa. «¿Una Piedad?.», apostamos. Parece divertirse con que le erramos. «Es el altar para el gordo verde.», revela.
La entrevista con CORPO se desarrolla en lo que llama “la cueva”: un cuarto pequeño, con un escritorio cubierto de papeles y cuadernos, una cartelera con cronogramas de proyectos y cinco volúmenes apilados en una estantería. Son los catálogos razonados de su obra: cuatro de escultura, uno de pintura. Es un registro exhaustivo. Tiene allí más de tres mil piezas fotografiadas, numeradas, archivadas. Él sólo conserva “tres o cuatro” de sus obras. Las demás están por el mundo.
Le menciono a Miguel Ángel: alguien que no era solo artista, que negociaba, que gestiona. ¿Ese vínculo entre creatividad y negocio es indispensable o es una condición de la época?.
«En el mundo contemporáneo el artista tiene que tener su faceta de concretismo en cuanto a la obra, la difusión, la comercialización, la proyección hacia otros mercados, por lo tanto la inversión. Toca muchos parámetros de la emprendedoría, del riesgo,» resume.
Lo que distingue su trayectoria, advierte de entrada, es ese «espíritu emprendedor de dejar un poco lo seguro por lo inseguro, olfateando que puede ser un camino más provechoso.”
USD 649.200 — precio de venta en Sotheby’s Nueva York 2021 — sobre una obra estimada en USD 180.000–240.000
La ingeniería empresaria

Hay un lenguaje que Atchugarry usa con naturalidad. Habla de trazabilidad, de oferta y demanda, de defensa de mercado, de socios distribuidores. Lo aprendió solo. A fuerza de años y de intuición.
Los catálogos razonados son su sistema de trazabilidad.. «El coleccionista que compra una obra sabe exactamente la procedencia, que es legítima.» Es el equivalente de un sistema de gestión de calidad: protege la inversión del comprador y la reputación del productor.
La “ingeniería” completa funciona así.
Las ferias internacionales son vidriera, no punto de venta primario. “¿Por qué las marcas están presentes en un aeropuerto? No porque vayan a vender específicamente en ese aeropuerto, sino para estar presentes. La visibilidad es muy importante.»
Pero, subraya, “todo funciona en la medida que la obra se vende”.
Las galerías son socios distribuidores, con una condición: él entrega el paquete puesto, instalado y retirado, sin costos adicionales. «Las galerías priorizan la parte rentable. La inversión que van a hacer sobre un artista no siempre es la necesaria como para imponer una visibilidad a nivel global»
Las casas de subastas son el canal de liquidez secundario que convierte una escultura en un activo negociable. «En mi caso, las quieren todas», dice, sin énfasis particular, como quien describe el clima. Christie’s tiene publicado en su sitio el historial de 47 obras suyas. En noviembre de 2020, una pieza suya se subastó allí por US$ 462.000. En diciembre de 2021, una obra estimada entre US$ 180.000 y 240.000 se vendió en Sotheby’s Nueva York por US$ 649.200. Récord para el arte uruguayo contemporáneo.
Le señalo que está metido entonces en un ecosistema, que es un eslabón dentro de algo más grande. Un ecosistema con sus reglas, sus actores, sus tiempos. Producción, visibilidad, distribución, y liquidez.
¿La demanda tiene techo?. «En la medida que el artista sea más conocido a nivel global, va a haber más personas que quieran tener una obra de él. Por lo tanto, mayor demanda.»
El riesgo como método
Al principio no tenía clientes. Pero tenía decisión.
Empezó a pintar a los ocho años. Su padre era artista, creativo, amaba el teatro y la pintura. Pero pintaba solo los sábados y domingos porque durante la semana tenía que trabajar para mantener a la familia. «Llegó un momento que lo absorbió, porque uno no puede esperar cinco días para plasmar una idea», recuerda.
A los 17, supo que se iba a dedicar al arte. Trabajó en una empresa. Sus compañeros le decían que tenía trabajo asegurado para toda la vida. «Justamente, yo no quería eso para toda la vida. Yo quería vivir de mi arte.»
Renunció. A los 20 hizo su primera exposición en Buenos Aires. A los 23 se fue a Europa con una carpeta de fotos de su trabajo, de galería en galería, de ciudad en ciudad, sin conocer a nadie. Era tímido.
«Súper tímido”, refuerza, “tuve que vencer esa timidez”. Y aparte es disléxico, tuvo grandes problemas de aprendizaje. «La vida toda, en general, es superar obstáculos.» ¿Por dónde pasa esa capacidad de superación? «Pasa por un tema de autoestima, de coraje. Hay artistas muy valiosos que no tienen ese espíritu.«
Le digo que tiene los callos del arte, pero que los callos de la vida también están. “Exactamente”, sonríe.
Varios son los hitos de su trayectoria. Primera exposición europea en Lecco en 1978, a los 24 años. Exposiciones en Milán, París, Copenhague y Estocolmo antes de los 30. Premio Michelangelo en Carrara en 2002. Ese año, el principado de Mónaco le encarga una escultura en conmemoración de los 50 años del reinado del Príncipe Rainiero.
Representa a Uruguay en la Bienal de Venecia en 2003. En 2015, cuarenta esculturas en el Mercado de Trajano de Roma. En 2021, sus obras en el Palacio Real de Milán —en la misma sala donde Picasso expuso el Guernica en 1953-.
Le pregunto si en algún momento se llega. «No se llega nunca. En la medida que uno baje los brazos, los desafíos globales son tan grandes que lo que hoy andaba bien, mañana aparece un competidor que hace lo mismo más barato o mejor.»
La marca personal como activo
En el arte, como en cualquier mercado global, la visibilidad no es opcional. Hay una exposición personal fuerte, similar a la que se le requiere al CEO de una compañía.
¿Qué tanto hay de personaje, de máscara o de show? “Nada. Hay que ser muy honesto con uno mismo. No crear un desdoblamiento de personalidad. Lo que es, es. Transparente. Yo soy esto, y estoy todo el día trabajando.Viene alguien, lo recibo, o trato de recibirlo. A veces no puedo porque tengo que esculpir, porque estoy corriendo para entregar una obra». Y después, como remate: “La sencillez es pan y vino.”
Sabe bien que su marca personal es plataforma. Más reconocimiento global, mayor demanda. Mayor demanda sobre producción limitada —la producción de un escultor que trabaja cada bloque desde la cantera es, por definición, finita y decreciente— equivale a apreciación de valor.
El MACA y los vendavales
USD 462.000 — precio en Christie’s noviembre 2020
47 obras — historial publicado en el sitio de Christie’s
3.000 — esculturas realizadas. Él conserva 3 o 4
42 M de euros — valor asegurado de las 72 obras de Fontana en el MACA, enero 2026
«Los gastos no salen de una planta que produce dólares. Salen de un porcentaje de la obra que hay que dedicarlo a la promoción, a la defensa del mercado.»
El origen: una conversación entre Atchugarry y el arquitecto Carlos Ott en un restaurante de París en 2018, comiendo ostras.
El resultado: uno de los museos más visitados del Cono Sur. 250.000 visitantes anuales con entrada gratuita. Un sistema donde arte, negocio y legado se potencian. Lo que Atchugarry define como la obra más importante de su vida.
Detrás del Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry (MACA) hay un esquema que, leído en clave de negocios, tiene varias capas.
La primera es el financiamiento. No hay un sponsor estructural ni un sistema de entradas que sostenga la operación. Las exposiciones, que pueden costar entre US$ 400.000 y 500.000, se financian con la venta de obra propia y con ingresos que vienen de la tienda, el auditorio y los eventos.
La segunda capa es el impacto. Atrae turismo, genera circulación, incorpora educación y posiciona a Uruguay en el mapa internacional del arte contemporáneo.
La tercera es la gobernanza de empresa cultural. El Maca cuenta con un board consultivo, compuesto entre otros por Ángel Kalenberg, ex director del Museo Nacional De artes Visuales, Jorge Helft, coleccionista franco-argentino, y Renos Xippas, galerista y gestor cultural.
Y también una dinámica de empresa familiar. Su esposa Silvana gestiona el archivo de obra. Sus sobrinos Gastón, Mariana y Federico -que fundaron Atchugarry Ingeniería en Madera a partir del desafío técnico que planteó el edificio- construyeron el MACA. Su hijo Piero maneja galerías en Garzón y Miami.
En varias ocasiones ha reiterado que uno de los temas que lo desvelan es darle al MACA la capacidad de ser autónomo de su fundador, “cómo irlo protegiendo para que pueda atravesar los vendavales de la vida y del tiempo”. Están construyendo un nuevo edificio con el arquitecto Carlos Ott para albergar más colecciones y el almacenaje de obras. La Asociación de Amigos, la gala anual de recaudación, los patrocinadores que se van acercando parecen ser el andamiaje donde se construye esa transición.
En el ínterin, observa: el empresariado argentino apoya el arte en Uruguay más que el uruguayo: «Estamos todavía un poco rezagados, pero hay que ser optimistas y tener confianza.»
¿Las ventajas que identifica para un empresario que quiera vincularse y apoyar? La responsabilidad social genuina. El retorno de imagen: quien se interesa en el arte está marcando estatus cultural. El acceso a red: hay un circuito global de coleccionistas de alto poder adquisitivo que habla este idioma. Y un modelo incipiente en Uruguay de salas con nombre, la deducción fiscal como incentivo para el mecenazgo, la plaqueta como formato de presencia.
«Quien llega al Uruguay, tarde o temprano pasa por el MACA. Es una buena vidriera.«, sintetiza.
Cuando se le pregunta cómo imagina el futuro del MACA más allá de él, con el mismo tono pausado con el que habla de los costos de transporte de una escultura de dos toneladas, insiste: «Hay que pedalear para que sea autónomo de la persona que lo creó.»
Y luego de una pausa: “Tengo 71 años. ¿Cuánta vida activa puedo tener para seguir manteniendo todo esto? Alguien va a recoger el guante y va a seguir con la posta.»
«Los gastos no salen de una planta que produce dólares. Salen de un porcentaje de la obra que hay que dedicarlo a la promoción, a la defensa del mercado.»


El dato
Sus obras integran colecciones permanentes en el Pérez Art Museum de Miami, el Museu Coleção Berardo de Lisboa y el Museo Brasileiro da Escultura de São Paulo, entre otras instituciones de Europa y América.
«Yo soy el primero que cree en mí mismo.»






