En 2008, Brian Chesky y Joe Gebbia tenían una idea que los inversores no terminaban de comprar: que alguien aceptara pagar por dormir en la casa de un extraño. Poco dinero, y muchas dificultades para mantener a flote su startup Airbnb.
Estados Unidos estaba en plena campaña presidencial entre Barack Obama y John McCain. Chesky y Gebbia, ambos diseñadores, decidieron aprovechar el momento: compraron cereales genéricos y crearon dos ediciones especiales, Obama O’s, The Breakfast of Change, y Cap’n McCain’s, A Maverick in Every Bite. Las cajas fueron diseñadas y armadas a mano.
Produjeron alrededor de 1.000 unidades y las ofrecieron a US$ 40 cada una. No era precisamente un desayuno barato: el valor estaba en la edición limitada, el diseño y la oportunidad.
La ocurrencia terminó generando cerca de US$ 30.000, suficiente para darles aire cuando el negocio todavía no despegaba.
Pero los cereales hicieron algo más importante que financiar unas semanas de supervivencia. La historia llamó la atención de Paul Graham, cofundador de la reconocida Y Combinator. El modelo de alojarse en la casa de desconocidos todavía le generaba dudas; la capacidad de los fundadores para encontrar una salida cuando se quedaban sin opciones, bastante menos. Y Combinator terminó aceptando a Airbnb e invirtió US$ 20.000 a comienzos de 2009.
La anécdota es hoy parte de la mitología emprendedora de Silicon Valley, porque mostró algo que resultó muy valioso en aquella primera etapa: hasta dónde estaban dispuestos a llegar los fundadores para mantener viva la empresa.
“LA ANÉCDOTA MOSTRÓ HASTA DÓNDE ESTABAN DISPUESTOS A LLEGAR LOS FUNDADORES PARA MANTENER VIVA LA EMPRESA”.




