Nota por Gabriela Malvasio
Fotografía por Rafael Lejtreger
LOS US$ 6.500 MILLONES LLEGARON POR ZOOM. ERA 2021, TODAVÍA EN PANDEMA, Y EL ARGENTINO
MATÍAS WOLOSKI ESTABA EN SU DORMITORIO, FRENTE A LA COMPUTADORA. EN LA PANTALLA, EN UN CUADRADITO VEÍA A EUGENIO PACE, SU SOCIO EN LA TECNOLÓGICA AUTH0. EN OTRO, A LOS EJECUTIVOS DE OKTA, LA ESTADOUNIDENSE QUE ACABABA DE ACORDAR LA COMPRA DE AUTH0.

La compañía que estaban vendiendo resolvía algo que millones de personas hacemos todos los días sin pensar demasiado: identificarnos para entrar a una aplicación. Auth0 se encarga del inicio de sesión -el login- para que los desarrolladores no tengan que programar ese sistema desde cero.
No era la primera oferta de compra. A fines de 2013, con apenas nueve meses de existencia de Auth0, les ofrecieron US$ 2 millones. Woloski y Pace lo pensaron durante dos meses. Lo que terminó pesando no fue cuánto dinero había sobre la mesa. Fue qué harían después con ese dinero que les gustara más que seguir construyendo lo que ya tenían. Respondieron que no.
Cuando en 2021 Okta la compró, Auth0 procesaba alrededor de 5.000 millones de logins por mes. Tenía unos 10.000 clientes, 1.200 empleados distribuidos en 40 países y generaba US$ 150 millones de ingresos recurrentes. Desde el inicio había sido una compañía 100% remota.
Habían construido el quinto unicornio argentino. Y lo vendieron por US$ 6.500 millones.
¿ Q U É H A R Í A S D E S P U É S D E S E M E J A N T E G O L A Z O E M P R E S A R I A L ?
En el caso de Woloski, instalarse en Uruguay, y desarrollar Portal Bosque. En seis hectáreas en La Barra, esta fundación sin fines de lucro es difícil de encerrar en una categoría: no es una escuela, ni un club, ni un centro cultural. Combina innovación en educación, tecnología, arte y naturaleza con una consigna potente: transformar espectadores en creadores.
Matías Woloski fue el protagonista del Desayuno CORPO de setiembre y el periodista Mariano López se lo preguntó de manera directa: ¿Por qué, después de haber construido una empresa de esa magnitud, poner tanta energía en algo cuyo objetivo no es ganar dinero?
“Porque ya gané mucho. No tengo infinita ambición de dinero”, respondió. “Llega un punto en donde creo que logré ganarle al sistema capitalista. Y personalmente siento que eso ya está. Lo único que nos vamos a llevar de este mundo son los momentos vividos y el legado que uno puede dejar, cómo hizo mejor al mundo. Para mí es importante dedicar tiempo a eso hoy que lo puedo hacer”.

«HAY QUE EJERCITAR EL MÚSCULO DE LA CREACIÓN»
E L C A M I N O
A partir de los 12 años, Woloski empezó a pasar parte de sus vacaciones trabajando en el comercio de repuestos de su padre, en la Avenida Warnes, en Buenos Aires. Mientras acomodaba mercadería, observaba a su padre atender a cinco clientes al mismo tiempo, ofrecerles café y que se fueran satisfechos porque había entendido el problema de cada uno y lo había solucionado. Siempre reconoce que esa fue una formación en empatía.
Después estudió Ingeniería en la UBA. Valora en especial la resiliencia que te obliga a desarrollar el estudiar en una institución pública. “Lo difícil que te la hacen, casi como que ese es el feature en medio del bug”, dijo en jerga de programador. Traducido: lo que a primera vista parece algo que funciona mal (bug) del sistema universitario público en realidad esconde algo que agrega valor (feature).
Luego trabajó como programador y pasó varios años resolviendo problemas de identidad digital, lo que inspiró la creación de Auth0. Amazon, Microsoft y Google habían empezado a construir la gran infraestructura de la nube. Sobre esa nueva capa aparecían compañías como Stripe, que simplificaba pagos, o Twilio, que hacía lo mismo con las comunicaciones. Woloski y Pace vieron que la autenticación podía seguir ese camino.
Llegaron justo. “Si hubiésemos empezado tres años después, en vez de una empresa en San Francisco haciendo lo mismo habría habido diez”, explicó. En 2012, cuando presentó Auth0 por primera vez ante un jurado de una escuela de startups en Seattle, la devolución fue durísima: “el mercado vale miles de millones, pero ustedes no van a ser los que lo conquisten”. Después el memo elaborado por Bessemer Venture Partners cuando evaluó la compañía asignaba una probabilidad minúscula al escenario en que Auth0 llegara a convertirse en una empresa valuada en más de US$ 1.000 millones.
Cuando gente con más experiencia y más capital te dice que probablemente lo tuyo no va a funcionar, ¿qué necesitás para seguir adelante igual?”, le preguntó López en el Desayuno CORPO.
“Creo que lo que vence a todo es la consistencia y la perseverancia”, respondió Woloski. Podían cambiar de planes, pivotear, abandonar. Eligieron leer en aquella devolución que si el mercado era realmente tan grande, también había una oportunidad enorme. “Si uno está enfocado en algo durante un tiempo lo suficientemente largo, ese esfuerzo se va componiendo.”
En febrero de 2013, el azar los encontró trabajando. Pace cambió en LinkedIn su posición laboral y alguien de Sancor Seguros recibió la actualización. Los contactaron diciendo que tenían un problema serio con su sistema de autenticación. Ellos retrucaron que tenían un desarrollo capaz de reemplazar el sistema. Fue el primer gran contrato.
Después vendrían inversores, más clientes, nuevas rondas de capital, contrataciones, más países.
La empresa fue creciendo sin abandonar la lógica de lanzar, aprender, corregir y volver a probar. Woloski la ha resumido en tres pilares: transparencia, pasión y trabajo iterativo.
En 2021, Woloski y Pace cerraron la venta en ese encuentro por zoom en plena pandemia. Tardarían cerca de un año en volver a verse en persona.

E L B O S Q U E
En la cocina de su casa en La Barra hay una pequeña máquina de madera que Woloski construyó con uno de sus hijos. Juntos pensaron el diseño, lijaron piezas, hicieron el tablero. Tiene grandes botones como los de las antiguas máquinas de videojuegos y un chip que cuesta unos US$ 5. La lógica es simple: sus hijos aprietan un botón, hablan y el aparato envía el audio por WhatsApp a sus abuelos. Cuando llega la respuesta, otro botón permite escucharla.
Es exactamente el uso de la tecnología que quiere estimular en Portal Bosque: imaginar algo y tener las herramientas para volverlo real. Para Woloski, el punto no está en demonizar la pantalla ni la inteligencia artificial,
sino en qué lugar ocupa una persona frente a la herramienta. La pregunta, entonces, es cómo lograr que los niños desarrollen esas ganas de hacer. Su respuesta: “Hay que estar ejercitando el músculo de la creación”. Pone como ejemplo un taller de Portal Bosque en el que participaron chicos de 10 y 11 años de centros educativos públicos. Primero imaginaron un videojuego: pensaron una narrativa, definieron qué problema iba a plantear y decidieron cómo querían que funcionara.
L A A G E N C I A
Al permitir la IA hacer cada vez más desarrollos con menos conocimientos técnicos, ya no es solamente qué se debería aprender, sino qué se debería ser capaz de hacer con lo que se sabe.
Woloski tiene una palabra para eso: agencia. La toma del inglés high agency y la usa para describir a quienes no se quedan esperando que alguien les diga qué hacer. “Seres humanos que tienen agencia son aquellos que dicen: ‘quiero hacer esto’ y logran hacerlo”, explicó.
En su mirada, esa capacidad se construye junto con curiosidad y aprender a aprender. El resultado: una persona con mayor autonomía, capaz de valerse por sí misma frente a problemas nuevos.
En el plano educativo, eso lleva a la necesidad de modificar el lugar del docente. Plantea una estrategia en dos velocidades: por un lado, crear espacios experimentales -sandbox o “areneros”- donde sea posible pensar modelos nuevos sin preconceptos; por otro, usar lo que funcione en esos experimentos para transformar gradualmente el sistema que ya existe.
“LO QUE VENCE A TODO ES LA CONSISTENCIA Y LA PERSEVERANCIA.”
Después, organizados en equipos y utilizando IA, lo construyeron en unas dos horas.
Fue también en pandemia cuando Woloski llegó con su familia a Punta del Este. Había pasado allí algunos veranos de niño y había regresado esporádicamente de adulto.
Esta vez encontró una especie de “pueblo cosmopolita”, una comunidad pequeña atravesada por personas que han vivido en grandes ciudades y conservan necesidades y conexiones con mundos muy diversos.
Con hijos chicos, empezó a preguntarse cómo quería que crecieran y qué herramientas necesitarían en un mundo que veía transformarse a una velocidad difícil de comparar con cualquier etapa anterior.
En esa búsqueda se encontró con Mariquel Waingarten, emprendedora argentina que había desarrollado proyectos vinculados a la hospitalidad y el diseño -entre ellos Tailor Made Hotel y Hickies- y que, como madre de dos, venía explorando modelos de educación menos estandarizados y más atentos a los talentos de cada persona. Descubrieron que estaban haciéndose preguntas parecidas. Y cofundaron Portal Bosque.
La tecnología irá asumiendo una parte creciente de la enseñanza académica; el tiempo del profesor debería concentrarse en conectar con el niño, ayudarlo a entender sus emociones, sus vínculos, sus fortalezas y la manera en que trabaja con otros.
Está “100% de acuerdo” con preservar la función social de la escuela: aprender a trabajar con alguien distinto
y a colaborar. Para él, la función del adulto es ayudar a entender al alumno por qué logra trabajar muy bien con una persona y no con otra, qué le pasa frente a ese vínculo y qué puede aprender.
Woloski destaca el trabajo de Ceibal para introducir innovación de manera transversal y cree que la escala del país, sumada a esa infraestructura, permite probar nuevas ideas y llevar al sistema lo que funcione. “Es un lindo laboratorio Uruguay en ese sentido”, dijo.
La misma transformación que observa en la educación la ve en las empresas. Ante la pregunta de Mariano López de si las compañías tenderán a funcionar con menos personas, su respuesta fue tajante: “Sí, definitivamente. Todos con menos empleados. Y creo que eso es bueno”.
Pero además, reflexiona que, si construir una compañía o un producto requiere cada vez menos infraestructura y especialistas, también más personas podrán intentar hacerlo por su cuenta. Organizaciones más chicas, pero potencialmente más creadores.

“ YA GANÉ MUCHO Y YA ESTÁ.
NO TENGO INFINITA AMBICIÓN DE DINERO.
LLEGÓ UN PUNTO EN EL QUE CREO QUE LOGRÉ
GANARLE AL SISTEMA CAPITALISTA.”
L A M Ú S I C A Y L O S M E L O N E S
La llegada a Punta del Este coincidió con el regreso de una historia que Woloski había dejado suspendida durante más de dos décadas.
Empezó a explorar la música a los seis o siete años y, a los nueve, eligió el piano. Estudió hasta la adolescencia y a los 17 tenía una banda con la que llegó a grabar un disco. Sus compañeros querían seguir: ensayar más, tomárselo en serio. Woloski estaba por empezar Ingeniería y sintió que no podía hacer bien las dos cosas. Eligió una.
La música, sin embargo, nunca desapareció del todo. “Siempre fue mi cable a tierra”, contó. Recién al instalarse en Punta del Este volvió a tocar con otros. “Es mi gran hobby, que se transformó ahora casi en un trabajo”, dijo.
En Portal Bosque esa recuperación tomó forma colectiva. Una vez por mes organiza las jams: alrededor de 30 músicos, cantantes y artistas se reúnen para tocar durante horas. Están también las Portal Sessions, pensadas para mezclar generaciones, músicos locales e invitados internacionales. Woloski habla de esas mezclas como otra forma de dejar una huella.
En la última pregunta Mariano López quiso saber si tenía alguna frase que repitiera en su vida y que quisiera dejarles a sus hijos. Woloski eligió una que heredó de su padre: “Andando el carro se acomodan los melones”.
A los empresarios uruguayos que lo escuchaban seguro se les vino a la mente que la versión local no es con melones, sino con zapallos. Pero la diferencia sustancial no está en los vegetales, sino en el énfasis de la acción. La expresión en Uruguay refiere más a cierta pasividad: con el paso del tiempo y el desarrollo de los acontecimientos, las cosas se acomodan, casi como que encuentran solas su lugar.
La lectura de Woloski es distinta: “Tiene que ver con la agencia, con esto de que hay que hacer el carro, hay que hacerlo andar. Después se van a ir acomodando las cosas”.
Woloski pone el énfasis en poner el carro en movimiento. Habla de la “parálisis por análisis”, de la gente que espera tener una visión exacta antes de comenzar, y pone el ejemplo del videojuego Civilization: el mapa está oscuro y solo empieza a revelarse cuando el personaje se mueve. Lo explicita: “vamos entendiendo lo que tenemos que ir construyendo a medida que vamos andando”.
Un fuerte aplauso parecía haber cerrado el Desayuno CORPO. Pero entonces el arquitecto Fabián Kopel pidió el micrófono. Quería agregar contexto. Explicó que después de la pandemia en Uruguay se formaron dos grupos empresariales especialmente intensos: uno en Maldonado y otro en Montevideo. El de Maldonado, dijo, reunía a gente joven y brillante; y reconoció a Woloski como uno de sus referentes. Se encontraban los miércoles y Kopel viajaba para no perderse esas conversaciones. En Montevideo se reunía otro núcleo de empresarios de larga trayectoria. Los describió como los “tecnológicos” y los “analógicos”. Y entre ambos mundos comenzaron a tenderse puentes. Empresarios del real estate sentados con fundadores tecnológicos. Uruguayos con argentinos y otros extranjeros que habían elegido el país.
“Algún historiador debería poner en palabras lo que significó la cohesión de esos grupos y el empuje para el país, y para las ideas del país, y lo que nos dio a algunos locales y también a los extranjeros”, dijo




