Nota por Marina Barrientos
El ascenso que no alivia. La conferencia que angustia en vez de enorgullecer. El libro publicado que, en lugar de marcar un hito, abre la pregunta: ¿y si ahora sí se dan cuenta?
El psicoanalista Jorge Bafico describe estas situaciones como el terreno donde aparece, y a veces se dispara, el síndrome del impostor: la sensación persistente de que los propios logros no terminan de pertenecernos.
En los cargos de poder, esa sensación puede camuflarse. “Nadie lo hace como yo”, repite el jefe cada vez que se resiste a delegar. Revisa cada mail antes de que salga, interviene en todos los grupos de WhatsApp, pide una segunda reunión para lo que ya fue decidido y se irrita si alguien discute su criterio.
La investigación ha asociado el síndrome del impostor con el perfeccionismo, el sobretrabajo, la aversión al riesgo y las dificultades para delegar. En la práctica, esas defensas pueden traducirse en hipercontrol, equipos poco autónomos y una necesidad constante de intervenir.
Puertas afuera, puede leerse como exigencia o carácter. Puertas adentro, dice Bafico, puede ser la inseguridad vestida de autoridad.
¿EXISTE CONSENSO CLÍNICO SOBRE EL SÍNDROME DEL IMPOSTOR, O ES UNA REFORMULACIÓN DE FENÓMENOS COMO LA INSEGURIDAD O EL PERFECCIONISMO?
No hay consenso clínico en el sentido fuerte. No es un diagnóstico formal como una depresión o un trastorno de ansiedad. Es más bien un nombre contemporáneo para algo que la clínica conoce hace mucho: sujetos que no logran apropiarse simbólicamente de sus logros. No es solo inseguridad. Es una relación particular con el mérito: “lo conseguí, pero no me pertenece”. La literatura lo describe como un fenómeno de duda persistente sobre las propias capacidades en personas competentes o exitosas.
¿HAY ESTUDIOS EN URUGUAY O LA REGIÓN QUE MIDAN SU INCIDENCIA?
En Uruguay no encontré estudios sólidos de incidencia poblacional. Hay notas, talleres y usos empresariales del término, pero no datos epidemiológicos fuertes. En la región sí aparecen trabajos parciales, por ejemplo en mujeres profesionales o investigadoras en Perú, con cifras altas, pero no permiten generalizar a toda la población.
La ausencia de datos no me sorprende: solemos medir tarde aquello que primero circula como malestar cultural. Además, el síndrome del impostor queda a medio camino entre salud mental, mundo laboral, género y rendimiento académico. Cuando algo pertenece a muchos campos, a veces nadie lo toma del todo como objeto propio.
¿HASTA QUÉ PUNTO PUEDE SER INCAPACITANTE PARA EL DESEMPEÑO PROFESIONAL?
Puede ser muy grave. En algunos casos es una molestia manejable; en otros se vuelve una verdadera inhibición. La persona rechaza cargos, posterga entregas, no se anima a hablar, evita exponerse, trabaja de más para compensar, o vive cada reconocimiento como una amenaza. No teme fracasar solamente: teme ser descubierto.
Ahí se vuelve incapacitante, porque el éxito no calma la angustia; la aumenta.
¿TIENE ALGÚN VALOR FUNCIONAL O ADAPTATIVO?
Puede tener una función parcial. Una dosis de duda puede volver a alguien cuidadoso, estudioso, prudente. El problema empieza cuando esa duda deja de ser motor y se vuelve superyó. Una cosa es preguntarse “¿estoy preparado?”; otra muy distinta es vivir bajo la sentencia “soy un fraude”. La primera pregunta permite trabajar. La segunda paraliza.
EN LOS PERFILES CON PODER DE DECISIÓN, QUE DEBEN PROYECTAR AUTORIDAD, ¿SE MANIFIESTA DISTINTO QUE EN ROLES OPERATIVOS, O INCLUSO SE DISIMULA MEJOR?
En fundadores y directivos suele disimularse mejor. No necesariamente porque lo sufran menos, sino porque aprendieron a actuar la autoridad. En roles de poder, el impostor puede aparecer como hipercontrol, dificultad para delegar, necesidad de saberlo todo, miedo a ser contradicho o dependencia excesiva de la aprobación externa.
A veces no se ve como inseguridad; se ve como arrogancia, irritabilidad o exceso de trabajo. El sujeto no dice “no puedo”; dice “nadie lo hace como yo”. Pero muchas veces es la misma angustia vestida de mando.
¿QUÉ CASOS CONCRETOS PUEDEN DISPARAR UNA CRISIS DEL SÍNDROME EN LUGAR DE CALMARLA?
Muchos creen que cuando llega un ascenso, un premio o un reconocimiento el síndrome del impostor desaparece. En la clínica ocurre con frecuencia lo contrario: cuanto más alto llega una persona, más siente que tiene algo que perder. El ascenso, la dirección de un equipo, una conferencia importante, la publicación de un libro o un cambio de trabajo pueden reactivar la idea de “ahora se van a dar cuenta de que no soy tan capaz”.
¿QUÉ ESTRATEGIAS MUESTRAN RESULTADOS CONCRETOS PARA REDUCIRLO?
Lo que mejor funciona no es decirle al sujeto “sos bueno”. Eso suele durar cinco minutos. Sirven los abordajes que permiten historizar de dónde viene esa exigencia, revisar las creencias perfeccionistas, trabajar la comparación, poner en palabras la vergüenza y construir una relación menos persecutoria con el error. Las revisiones mencionan psicoeducación, terapia cognitivo-conductual, trabajo grupal, mentorías, autocompasión, mindfulness y reestructuración cognitiva, aunque la evidencia todavía es heterogénea.
«En roles de poder, el impostor puede aparecer como hipercontrol, dificultad para delegar, necesidad de saberlo todo, miedo a ser contradicho o dependencia excesiva de la aprobación externa.»
Jorge Bafico, Psicoanalista






