Una mesa cerca del enchufe, los auriculares puestos, la laptop abierta, un café que dura bastante: la escena se repite en cafeterías montevideanas que dejaron de ser un lugar de paso para volverse una parada fija en la rutina laboral de muchos profesionales.
Aunque esta modalidad urbana levantó vuelo con el auge del café de especialidad y del trabajo remoto post pandemia, remite a un concepto muy anterior. En 1989, el sociólogo Ray Oldenburg, en su The Great Good Place, llamó “tercer lugar” al espacio que no es la casa ni el trabajo. Se refería al café, el bar, la peluquería, la plaza, ámbitos de pertenencia y convivencia informal, y advertía que las ciudades modernas los estaban perdiendo. Más de 30 años después, ese concepto volvió por una puerta imprevista: la del trabajo. Porque el trabajo híbrido y remoto redundaron en una necesidad de salir de la casa. El que se instala en un café a las diez de la mañana no está necesariamente buscando un escritorio. Está buscando gente alrededor aunque no vaya a hablar con nadie, ruido de fondo, una razón para vestirse y bajar a la calle, un cambio de vista.
El café absorbió ese flujo y hoy incluso adapta su negocio a esa necesidad de conexión.
En Seis Montes y Paraíso, las cafeterías de Francisco Supervielle, la idea estuvo presente desde el diseño, pero con un límite: “Incorporamos algunos enchufes y mesas que resultan cómodas para quienes quieren pasar un rato trabajando o estudiando, pero nunca pensamos el espacio como un coworking”, dice. La idea siempre fue una cafetería donde, entre otras cosas, alguien pudiera instalarse a trabajar un tiempo mientras disfruta del café y la propuesta gastronómica. “No tenemos una política específica sobre el uso de laptops ni sobre el tiempo de permanencia. Preferimos que prime el sentido común y que el espacio se viva de manera natural, sin reglas estrictas”, explica. Erik Argueta de Templo Café describe algo más parecido a una conclusión por la vía de los hechos que a una decisión. El perfil trabajador llegó solo, dice, ligado a algo más simple: abrir la computadora va de la mano de estar tomando algo, un mate… o un café. “No correríamos nunca a un cliente que saca su computadora para trabajar; más bien les agradecemos que vengan, sinceramente.”
En las cafeterías, también hay que hacer espacio a quienes van a desconectarse y leer, a los que paran el día lo que dura el contenido de su taza, a los que se encuentran para ponerse al día. La barra sin enchufes de Templo da lugar a quienes buscan la cercanía con el barista y sus métodos.
En Café Doré, Pablo Corrado explica la lógica de la puerta abierta: wifi, enchufes, música que acompaña sin imponerse y una sola consigna: “Quedate todo lo que quieras, todo bien”. Diez minutos o una tarde entera. La apuesta es que quien entra se sienta lo bastante cómodo como para volver al día siguiente.
Pensadas para quedarse
En la cadena Starbucks, la dinámica de la cafetería como extensión del espacio de trabajo forma parte deliberada de la propuesta. Soledad Fantuzzi, gerenta de Marketing de Starbucks en Uruguay, explica que todas las tiendas fueron pensadas para responder a distintas necesidades: trabajar, estudiar, reunirse o disfrutar de un momento personal. “En Starbucks hablamos desde hace décadas del concepto del Tercer Lugar: un espacio que no es ni la casa ni el trabajo, sino un lugar donde las personas pueden sentirse cómodas, conectadas y bienvenidas”.
Fantuzzi lo atribuye a una combinación de ambientes cómodos, buena conectividad, diseño pensado par permanecer y “una atmósfera inspiradora donde se puede respirar tranquilidad, concentrarse y desarrollar ideas”.
Esa permanencia no está limitada. “Si alguien quiere quedarse toda la mañana estudiando, trabajar durante varias horas o reunirse con otras personas, es completamente bienvenido”, afirma. Asegura que las tiendas fueron diseñadas para que las personas quieran quedarse.
El café sigue siendo el centro de esa experiencia. Fantuzzi lo define como un producto capaz de reunir personas, facilitar conversaciones, estimular la creatividad y acompañar momentos de concentración. Alrededor de él aparecen las condiciones prácticas: mobiliario confortable, buena iluminación, temperatura agradable, wifi, tomacorrientes y distintos tipos de espacios. Pero suma un componente menos tangible: la hospitalidad. Que una persona elija un Starbucks para desarrollar una idea, preparar una presentación, estudiar o llevar adelante un proyecto es, según Fantuzzi, “un verdadero orgullo”, pero también una responsabilidad: la de sostener una experiencia consistente.



El sentido común montevideano
En Montevideo, los cafés siguen la línea del sentido común y apelan a la buena educación. Sin restricciones ni zonas de exclusión, conviven con un escenario que va de la comprensión del negocio -consumir algo más que un café, no ocupar de a uno una mesa de cuatro personas- a casos extremos como el que recuerda Argueta, en el que una empresa se instaló sin avisar en varias mesas de Templo para hacer entrevistas de trabajo.
“Generó un poco de molestia que no nos avisaran que ocuparían varias mesas, y la gente iría llegando para esperar su turno”, dice. Con todo, su postura es firme: pedir “educación y lógica acerca de la función de una cafetería”. Por supuesto, hay un límite: “No puede faltar que consuman, porque obviamente tenemos nuestros costos y se trata de eso nuestro trabajo”.
Supervielle plantea lo mismo en otros términos: si el local se llena, es buen momento para aplicar la sensibilidad, moverse o liberar la mesa. “Una cafetería vive del recambio de clientes (…) Es una forma de convivencia que beneficia tanto al cliente como al funcionamiento del local”, explica.
Pablo Corrado, del café Doré, también habla de ese matiz: si alguien se queda seis horas con un solo café, el local pierde ventas. Y agrega un detalle que cualquier trabajador remoto debería tener en su guía del buen uso: “En hora pico no es buena opción hacer una reunión por zoom”. Pero, ante todo, la clave es la hospitalidad radical que hace a sus clientes sentirse siempre bienvenidos, “diez minutos o veintiocho horas. Les decimos vengan y disfruten”.









