Hay un vino que no está en ninguna góndola del país. Salen menos de dos mil botellas, de una uva de origen suizo que casi nadie planta en Uruguay. Las etiquetas se pegan a mano, de a una. El vino es solo una de las “puertas de entrada” a Comarca Las Liebres en Colonia. En 26 hectáreas conviven un viñedo, un restaurante entre los mejores de Colonia, dos barrios diferentes, y seis habitaciones de hotel boutique instaladas en una casona de 1920, que incluye dos Master Suites -en la casona-, dos Master Suites en la Casa del Aljibe y dos Master Suites en la Casa de la Vendimia, una magnifica construcción minimalista en madera de lapacho. También hay una huerta orgánica que abastece a la cocina y da pie a una línea de marca propia de mermeladas, frutos en almíbar y aceite de oliva.
Aunque no respondió a un master plan rígido, el proyecto fue construyéndose con coherencia y una clara búsqueda de autenticidad. “Este modelo no fue deliberado, no pertenece a un master plan”, admite Pedro Melnitzky -argentino, empresario, artista, que hace 17 años que vive en Uruguay pero está vinculado al país desde hace más de 40 años por negocios-. El emprendimiento nació con un enfoque inmobiliario tradicional, aunque las circunstancias del mercado impulsaron una evolución que terminó definiendo la identidad actual de Comarca Las Liebres.
Antes de pensar en un hotel, imaginó para la casona algo que en Uruguay todavía no existía: “una versión anticipada de lo que hoy es un co-work”. La idea aprovechaba un dato geográfico: Las Liebres queda a la misma distancia de Buenos Aires que de Montevideo. Llegó demasiado pronto. “Hoy a lo mejor hubiera sido un éxito”, admite. Las salas de reunión terminaron convertidas en habitaciones.
Todo lo que no entra en un excel
La apuesta de Melnitzky estuvo orientada a crear valor de largo plazo a través de la autenticidad y la experiencia. La casona de 1920 semidestruida: en vez de demolerla, la restauró durante cinco años en los que, cuenta, “permanentemente se hacían y rehacían cosas hasta sentir que realmente tenían sentido”. Había lugar para más habitaciones pero por el momento son solo seis, aunque habrá más en el futuro. Creó una huerta y un viñedo propios, eligió una uva elegante como el Merlot y otra sofisticada como el Gamaret, con las que se genera una linea exclusiva. En vez de distribuir sus productos, los puso a la venta solo en el lugar. Todas estas decisiones juntas son capas de construcción de valor que vuelven irreplicable a Las Liebres.
Y hay una capa más, la menos visible: la que se construye después de inaugurar. Pablo Pesce, asesor del proyecto, lo dice desde el oficio: Las Liebres es una obra a la “que todos los días hay que darle retoque”. En un lugar donde el dueño recibe en persona, el desafío no es fijar un estándar sino sostenerlo sin perder la impronta de quien lo imaginó. Eso tampoco se compra hecho.
La experiencia como canal
Debajo de la comarca sigue latiendo el negocio inmobiliario original, con los dos barrios. Melnitzky pensó la casona como “un punto de atracción para convocar al público de Colonia”. Esa intuición se volvió motor. El restaurante, el hotel, el vino y el paisaje son el mejor canal de marketing posible. La gente llega por la experiencia y se va encantada. “Muchos huéspedes frecuentes terminan preguntando por proyectos inmobiliarios, lotes, casas”, cuenta; los extranjeros hasta evalúan en serio mudarse a Uruguay. Lo que construyó es un lugar donde la gente quiere quedarse. Y un proyecto que no depende de una sola pata: hotelería, gastronomía, vino, eventos e inmobiliario se sostienen entre sí.
Hay un efecto más fino, que él mismo observa en sus huéspedes: para muchos, Colonia era apenas un paso circunstancial, y Las Liebres terminó convirtiéndose en el destino -la parada anhelada antes o después del recorrido-.

“Posiblemente Comarca Las Liebres
Pedro Melnitzky
es mi mayor obra de arte»
El hombre y el momento de Colonia
Los cuadros de Melnitzky visten las paredes. Él, que vive en el Barrio Village, es muchas veces quien recibe en persona a los huéspedes. No le interesa el bronce: «No estoy pensando en legado». Lo que lo mueve es un proyecto que trasciende los números «cuando además de ser un negocio, empieza a representar una forma de ver la vida».
Melnitzky no se refugió en Colonia: la anticipó. Compró antes de que el departamento entrara en el ciclo que hoy exhibe —Zona Franca de Servicios del Plata, universidades, el mayor buque eléctrico del mundo cruzando a una hora y cuarto de Buenos Aires, catorce bodegas en la Ruta del Vino—. Hasta tiene una teoría de por qué Colonia despega: «Colonia creo que es un modelo a seguir por el resto de los departamentos del Uruguay en lo que es el trabajo y la coordinación público-privada».Lo que ve, en concreto, es una Asociación Turística que trabaja «de una forma súper profesional», con comisiones y equipos, reconocida por el Ministerio de Turismo como ejemplo nacional de gestión público-privada, y una Intendencia que acompaña. A eso suma que Colonia ofrece tranquilidad, naturaleza y seguridad. «Es mágico. Es único», resume.







