Por Mónica Lorenzo
«No respeta el tiempo de los demás.» «Le da igual.» «A que si la reunión fuera con Messi llegaba media hora antes.» «Es un desorganizado.» «No le da importancia al trabajo.»
Quien espera, juzga. Es automático, casi inevitable.
Los ejecutivos pasan en promedio 23 horas semanales en reuniones, según Harvard Business Review. De ese tiempo, casi la mitad se considera improductivo. Y una parte del problema tiene nombre: la tardanza.
¿Qué hace que algo tan evitable sea, para algunos, imposible de corregir y se convierta en crónico?
La investigadora Diana DeLonzor sabe de esto de primera mano: durante años llegó tarde a todo. Creía que prepararse le llevaba 20 minutos. En realidad le llevaba 45. Eso la llevó a investigar el fenómeno en la Universidad Estatal de San Francisco y a escribir Never Be Late Again, el libro de referencia sobre impuntualidad crónica. ¿Su conclusión? Decirle a un impuntual crónico que llegue a tiempo es como decirle a alguien que debe adelgazar que simplemente deje de comer.
La mayoría de los impuntuales crónicos lo han sido toda su vida. Han perdido empleos, han dañado relaciones, y aun así no logran cambiar. El cambio real no viene de poner el reloj 10 minutos adelantado ni de descargarse una app de productividad. Hay que abordar las causas subyacentes.
El cambio exige, según DeLonzor, tres pasos que no tienen nada de superficial. Primero, autoconocimiento: revisar el historial de tardanzas y entender en qué situaciones se repite el patrón. ¿Llegás tarde siempre por el mismo margen o varía? Si siempre son los mismos minutos, el problema es sicológico. Si varía, el problema es mecánico: tus habilidades de gestión del tiempo necesitan trabajo. Segundo, planificar para llegar quince minutos antes y hacer de ese margen un hábito no negociable. Tercero, crear mecanismos de accountability: alguien que registre los avances y con quien se asuman compromisos concretos.
LOS SIETE PERFILES DEL QUE SIEMPRE LLEGA TARDE
Según Diana DeLonzor, Never Be Late Again
1. El Racionalizador Llega tarde siempre, pero no cree tener un problema. La culpa es del tráfico, del colega que lo detuvo en el pasillo, del ascensor que no llegaba. Nunca es su responsabilidad. La negación es parte estructural del patrón.
2. El Productor Necesita aprovechar cada minuto. Empaca el día con tareas, reuniones y pendientes como si el tiempo fuera elástico. Subestima sistemáticamente cuánto lleva cada actividad —lo que DeLonzor llama «pensamiento mágico»— y sale siempre con una tarea más encima de lo que debería. Odia desperdiciar tiempo; paradójicamente, se lo hace perder a todos los demás.
3. El Buscador de adrenalina (Deadliner) Funciona con la presión del último momento. Sin urgencia, no arranca. La carrera contra el reloj no le genera ansiedad: le genera energía. A veces, inconscientemente, crea las crisis que necesita para activarse. Es el perfil más frecuente en entornos de alta exigencia.
4. El Indulgente Su problema es la autorregulación. Sabe que tiene que salir, pero no tiene ganas. Posterga el momento de arrancar porque en ese instante hay algo más cómodo, más interesante o simplemente menos incómodo que enfrentar lo que viene. La impuntualidad es, en su caso, una forma de evitación.
5. El Profesor Distraído Se distrae con facilidad y pierde el hilo del tiempo. Puede estar preparándose para salir y terminar leyendo un artículo, respondiendo un mensaje o reorganizando algo que no tenía que reorganizar. La distractibilidad tiene base genética y puede ir desde la distracción inocente hasta el déficit atencional no diagnosticado.
6. El Rebelde Este es el perfil que más incomoda reconocer. Llega tarde porque, en algún nivel, quiere llegar tarde. La tardanza es su forma de ejercer control, de no someterse a la agenda de los demás, de sentir que impone sus propios tiempos. Es, según DeLonzor, la señal más clara de que hay algo más que un problema de gestión del tiempo.
7. El Evasor Evita situaciones que le generan ansiedad o incomodidad. Antes de salir, necesita que todo esté perfecto: la ropa, el mail que quedó pendiente, el living un poco más ordenado. Esa compulsión de cerrar todo antes de irse es lo que lo retrasa. No es desorganización: es angustia.
TRES RAZONES QUE LOS ESTUDIOS CONFIRMAN
1. El cerebro que calcula mal El psicólogo Jeff Conte, de la Universidad Estatal de San Diego, pidió a un grupo de personas que estimaran, sin mirar el reloj, cuándo había pasado un minuto. Los perfiles más puntuales lo sintieron en 58 segundos. Los impuntuales crónicos, en 77. Ese desfase de 19 segundos, multiplicado por horas y compromisos, se convierte en tardanza sistemática.
2. La ceguera temporal y el TDAH
Hay personas que no perciben el tiempo. Es lo que el médico y escritor Gabor Maté llama «ceguera temporal»: la incapacidad neurológica de registrar el paso del tiempo con precisión. Es uno de los síntomas menos conocidos del TDAH -el trastorno por déficit de atención-. El sentido del tiempo, explica Maté, es una habilidad que se construye en la infancia, y en algunos cerebros no se termina de construir
3. El optimismo que traiciona Existe una tendencia documentada a sobreestimar lo que uno puede hacer en un tiempo determinado. Diana DeLonzor lo llama «pensamiento mágico»: la creencia genuina de que esta vez sí va a alcanzar el tiempo. Los impuntuales crónicos recuerdan la vez que se prepararon en 20 minutos y olvidan que la mayoría de los días les lleva 45. No procrastinan: calculan mal.
¿Y si el impuntual es el líder?
Los líderes modelan comportamientos. Lo que hace el líder, el equipo lo considerará aceptable. La impuntualidad del líder se convierte entonces en una declaración de política organizacional que nadie firmó pero todos leen. El impacto se propaga: cuando la impuntualidad no tiene consecuencias visibles, el resentimiento crece entre los puntuales y la conducta se contagia. Lo que empieza como el problema de una persona termina siendo el problema de una cultura.





