CORPO / Opinión / ¿Apaciguamiento sindical?
22 04, 2026
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No es ninguna novedad en Uruguay, la mayor parte del movimiento sindical comulga con la idea de la lucha de clases.

Tampoco lo es que el fundamento de dichas posiciones tiene base en el pensamiento de Marx y Lenin, condimentado con los peculiares ingredientes voluntaristas que, a partir del colapso del socialismo real, adquirieron para mantenerse en el tapete: vindicaciones identitarias variopintas, amén de la férrea oposición a cualquier avance verdaderamente modernizador de las relaciones laborales.

Los sindicalistas uruguayos son bien transparentes; su actividad tiene como punto de partida la lucha permanente contra “la patronal” y la conquista de derechos o prebendas.

También sabemos que aquí la negociación no es a dos bandas como debería ser, sino a tres, ya que el Estado es actor principal de esta. Su objetivo  -hasta ahora- es mantener el estatus quo, dado que nadie quiere batallas que no suman a la gestión gubernamental.

Las empresas están solas en la contienda. Absolutamente. Los empresarios deben tomar posición partiendo de un análisis pragmático de la realidad, y establecer una forma de comunicación, una dialéctica con la que navegar el conflicto con más chances de llegar a buen puerto.

Un conflicto que tiene como principal rasgo ser permanente -la lucha no cesa jamás- pero con diversos grados de intensidad.

En política, cuando se trata de enfrentar a un adversario, suelen distinguirse dos modos de actuar: el apaciguamiento, y el antiapaciguamiento.

Se puede apaciguar cuando la contraparte es razonable, cuando tiene algo para perder, cuando le interesa el bien común, y cuando comulga en mantener determinados equilibrios. En materia de relaciones laborales, estos podrían ser productividad, calidad, asistencia, rentabilidad, por ejemplo.

Este método de negociación es el que dos estados emplean cuando discuten sobre límites pero les interesa mantener una buena relación a largo plazo porque tienen intereses conjuntos.

El antiapaciguamiento es la antítesis. Es la postura que toma un Estado cuando su adversario a todas luces es arrogante, considera la lucha como un objetivo en si mismo, y cuando su aspiración total es doblegar e imponer su victoria  -es decir, la conquista- y la propia y única visión de las cosas.

Si uno tiene como contraparte a alguien cuya ideología es marxista – leninista, y que reiteradamente te dice de frente que su lucha es de clase, y que trabaja día a día para conquistar, creer en el apaciguamiento como método de negociación es por lo menos, ingenuo.

Estamos hasta el moño de ver en la práctica relaciones de empresas con sindicatos donde se ha aplicado hasta el cansancio el apaciguamiento.

La conclusión es que eso solo alimenta la voracidad sindical, mientras los empleadores se rompen el alma, el cerebro, y los bolsillos tratando de comprar una paz que nunca llega para quedarse del todo. Y no llega, porque la paz solo es negocio para el empleador y para los trabajadores no sindicalizados. En el apaciguando solo estira la agonía.

Hace bien poco tuvimos un buen ejemplo de como un sector empresarial, cansado de los abusos sindicales, optó con éxito por una política de no apaciguamiento sindical. Quizá sea hora de que otras gremiales empresariales y otras empresas tomen el mismo camino.

Por suerte, y aunque les pese a muchos, aún vivimos en un Estado Social de Derecho, y no en un régimen autoritario marxista – leninista.

Es absurdo no tomar el camino del antiapaciguamiento y emplear de una vez todas las herramientas que la Constitución y la Ley ponen al alcance de las empresas para frenar los atropellos sindicales.

En definitiva, solo se trata de que el sistema funcione, que se respete el derecho de propiedad, de dirección de la empresa, y el derecho al trabajo, con garantías para todos y equilibrio institucional, no según el que grita más fuerte.

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