Por Martín Guerra
Co-fundador de incapital, Handy y Paigo
Hace poco Pablo Rosselli de Exante planteó lo que es a mi entender uno de los problemas centrales de Uruguay: las empresas no ganan suficiente dinero de forma sostenida. En Exante analizan los estados financieros de unas 2.500 empresas grandes y medianas, y lo que encuentran son niveles de rentabilidad relativamente bajos. No desastrosos, pero bajos. Y eso tiene consecuencias directas en menos inversión y menos crecimiento.
Cuando uno mira a las empresas que funcionan en Uruguay, todas tienen algo en común: margen. Las que intentaron competir con precios bajos terminaron mal. En Uruguay, si querés tener una empresa viable para el mercado interno, necesitás margen. Y mucho. No tenemos volumen. Entonces, o tenés un buen margen de ganancia, o no podés sostener la factura de UTE, los costos laborales, los impuestos, la logística, todos los costos operativos del país.
El análisis de Exante apunta a las empresas más grandes, pero el problema atraviesa toda la economía, y tiene particular impacto en dos realidades que vengo estudiando hace años y que considero críticas para el crecimiento de nuestro país. Es la situación de los micro y pequeños empresarios, y las personas que están fuera del sistema financiero formal.
Unos son los «cracks que no salen en tapa»: esos más de 188.000 empresarios que representan el 85,6% de las empresas uruguayas, que hacen malabares y operan con márgenes mínimos. Son la columna vertebral de nuestra economía, pero funcionan en condiciones extremadamente difíciles. Solo el 20% de las microempresas acceden a crédito. No es que no haya demanda. Lo que no hay es oferta rentable.
El otro grupo son las personas fuera del sistema financiero. En Uruguay, 1,4 millones de personas no tienen acceso a tarjeta de crédito. Es casi la mitad de la población adulta. El 88% del sector económico bajo está excluido.
El crédito es una palanca de crecimiento fundamental. Para los microempresarios es capital de trabajo e inversión. Para estas familias excluidas es la diferencia entre la supervivencia o caer en manos de prestamistas informales. Pero esa palanca solo funciona si hay quien pueda prestar de forma sostenible.
Y aquí volvemos el problema central: para que las financieras y administradoras de crédito puedan existir y atender a esas empresas y personas, necesitan ser rentables.
Es una cuestión de diseño. Las restricciones regulatorias, los costos operativos, los niveles de mora esperables, conspiran contra la viabilidad de las empresas del mercado de crédito.
Rosselli tiene razón cuando dice que un punto central en la agenda del gobierno debería ser aumentar la rentabilidad empresarial. En cambio, lo que hay es la noción de que existe espacio en la rentabilidad empresarial para extraer más impuestos.
Uruguay tiene un problema estructural de inversión. La tasa de inversión es 16,5% del PIB. La mediana mundial es 23%. Uruguay aparece en el tercio inferior de un ranking de 170 países. Eso implica bajo crecimiento potencial, menor productividad futura y una dependencia permanente de si aparecen o no grandes proyectos. ¿Por qué la inversión es baja? Porque los eventuales retornos son bajos, o directamente no hay, porque carecemos de proyectos que los generen. Y los temas de fondo son conocidos: gasto público elevado, sobreregulación y sectores muy dinámicos en manos del Estado a través de las empresas públicas.
En la última década el PIB creció solo 1,1% anual promedio, menos que la media de América Latina.
Para crecer al 2% sostenido se necesita invertir más de manera sostenida y una suba de productividad superior a la del período post-boom de commodities.
Sin inversión privada no habrá crecimiento económico, y sin crecimiento el resto de los problemas se vuelven más difíciles de resolver.
Más directo: sin rentabilidad empresarial no hay nada. No hay inversión, no hay crecimiento, no hay empleo, no hay inclusión. Necesitamos hacer plata. Todos.


